LAS VOCES QUE ME ACOMPAÑARON LA VIDA
Memorias de un psicólogo que aprendió a escuchar
He dedicado buena parte de mi vida profesional a escuchar a las
personas.
He escuchado a adolescentes que no
sabían cómo expresar lo que sentían en el colegio politécnico de Palmira, a
enfermos terminales en la clínica del seguro social de Palmira, a familias
enfrentadas por conflictos que parecían imposibles de resolver en la comisaria
de familia de Palmira, a personas que habían tocado fondo y a otras que
buscaban una oportunidad para comenzar de nuevo en la penitenciaría nacional de
Palmira.
También he escrito nueve libros. Se encuentran en diez países de Latinoamérica
Pero hay algo que ningún libro me ha
enseñado de la misma manera que la vida: que escuchar al ser humano exige mucho
más que oír sus palabras.
Hay que escuchar sus silencios.
Sus contradicciones.
Sus miedos.
Lo que dice y también aquello que todavía no puede decir.
Por eso, cuando pienso en el alcohólico
que permanece sentado en una reunión mientras otro compañero habla, no pienso
que está simplemente esperando su turno.
Pienso que posiblemente está haciendo un
trabajo interior.
Quizá está recordando.
Quizá está comparando.
Quizá está llorando por dentro.
Quizá está encontrando una respuesta.
Quizá está luchando contra el deseo de
beber.
Quizá está descubriendo que no está solo.
O quizá, simplemente, está tratando de llegar sobrio al día siguiente.
Y eso también merece respeto.
Porque algunas veces la recuperación no comienza con una gran decisión.
Comienza con algo mucho más pequeño.
Sentarse.
Guardar silencio.
Y escuchar.
Escuchar a otro alcohólico puede ser escuchar una parte de la propia
historia.
Puede ser reconocer una herida que permanecía escondida.
Puede ser encontrar una palabra para aquello que no se sabía nombrar.
Puede ser recordar por qué se llegó.
Puede ser descubrir que todavía existe esperanza.
Y en determinadas noches, cuando todo parece demasiado difícil, puede
ser sencillamente la razón por la cual alguien decide no tomar el primer trago.
Después de tantos años de profesión y de tantos años observando de cerca
el fenómeno de las adicciones, sigo creyendo que hay momentos en los que una
palabra puede ayudar.
Pero también sigo creyendo que hay momentos en los que el silencio de
alguien que escucha puede decir mucho más.
Porque escuchar no es estar vacío.
Escuchar es abrir un espacio.
Y algunas vidas comienzan a cambiar precisamente cuando encuentran un
espacio donde, por primera vez en mucho tiempo, alguien no les exige que
demuestren nada.
Solo les permite estar allí.
Y escuchar.
OSCAR SUAREZ

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Gracias por capacitarse en la Escuela de Padres del Psicologo OSCAR SUAREZ