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miércoles, 1 de abril de 2026

“La Muerte No es la respuesta: el grito silencioso detrás del suicidio y la eutanasia”

  





“La Muerte No es la respuesta: el grito silencioso detrás del suicidio y la eutanasia”

-Una reflexión sobre el suicidio, la eutanasia y el sentido de vida

Por

OSCAR SUAREZ


El caso en Colombia de Catalina Giraldo Silva, una psicóloga de 30 años que solicitó el suicidio médicamente asistido tras años de sufrimiento psíquico, no solo abrió un debate jurídico sin precedentes en el país, sino que marcó un punto de tensión entre el derecho, la salud mental y los límites de la dignidad humana.

Su solicitud, presentada en octubre de 2025, se convirtió en el primer intento formal en Colombia de acceder a la muerte médicamente asistida por causas exclusivamente relacionadas con salud mental. Sin embargo, lejos de resolverse, su caso quedó atrapado en un vacío normativo: aunque la Corte Constitucional reconoció este derecho en 2022, su aplicación sigue dependiendo de una reglamentación inexistente. La negativa institucional no respondió al fondo del sufrimiento, sino a la ausencia de condiciones legales para proceder.

Días después, en un escenario distinto, pero profundamente conectado, el caso de Noelia Castillo Ramos en España —quien sí accedió a la eutanasia— encendió un debate internacional sobre los límites éticos del acompañamiento clínico, la responsabilidad del Estado y el papel de los profesionales de la salud mental.

La secuencia no es menor: primero, una mujer en Colombia que pide morir y no puede; luego, otra en Europa que lo solicita y sí lo logra.
Entre ambos casos emerge una pregunta inquietante:

¿Estamos frente a dos sistemas opuestos… o ante la misma incapacidad de comprender profundamente el sufrimiento humano?

El derecho a sentir el peso de existir

Hay una verdad incómoda que debe ser reconocida sin ambigüedades: vivir duele.

¿Quien dijo que vivir era facil?

Duele perder, fracasar, enfermar, amar sin ser correspondido. Duele, incluso, existir.Duele existir en esta socidad capitalista que te valora solo por lo economico o por la belleza fisica

El pensamiento de Albert Camus lo planteaba con crudeza al afirmar que El SUICIDIO ES EL UNICO PROBLEMA FILOSOFICO SERIO. No porque lo promoviera, sino porque entendía que todo ser humano, en algún momento, se enfrenta al vacío, a la náusea de la vida, a la sensación de absurdo.

Y es necesario decirlo con claridad:


Tenemos derecho a sentirnos cansados, vacíos, incluso desbordados por la vida.Es un derecho tan humano que incluso la Biblia lo reivindica en las palbaras de Job

(PEREZCA EL DIA EN QUE NACI, Y LA NOCHE EN QUE SE DIJO UN VARON HA NACIDO,… ¿PORQUE NO MORI CUANDO SALI DEL SENO O NO EXPIRE AL SALIR DEL VIENTRE DE MI MADRE?)

(JOB 3, 3-11)


Pero reconocer ese derecho no equivale a convertir la muerte en respuesta.

 

Entre enfermedad mental, sufrimiento y percepción de no salida

El caso de Catalina Giraldo exige una precisión clínica que no puede pasarse por alto. No estamos únicamente frente a una experiencia existencial de vacío, sino ante diagnósticos complejos: trastorno depresivo mayor severo y persistente, trastorno límite de la personalidad y trastorno de ansiedad.

Esto cambia radicalmente el análisis.

La depresión no es solo tristeza. Es una alteración profunda de la percepción, del juicio y de la esperanza. Convence a quien la padece de que no hay salida, incluso cuando sí la hay.

Cuando alguien afirma “no hay solución”, la psicología clínica advierte que muchas veces no se trata de una verdad OBJETIVA, sino de una construcción SUBJETIVA afectada por el trastorno.

Aceptar el suicidio asistido en este contexto implicaría validar como definitiva una percepción que, por definición clínica, es potencialmente modificable.

 El limbo jurídico: entre el derecho reconocido y la imposibilidad real

El caso de Catalina revela una paradoja estructural del Estado colombiano: existe el derecho, pero no existe el camino para ejercerlo.

Desde 1997, la eutanasia es legal en Colombia. En 2022, se abrió la puerta al suicidio médicamente asistido. Sin embargo, la falta de regulación concreta convierte ese derecho en una promesa vacía.

La respuesta de la EPS no fue ética ni clínica: fue administrativa.
La decisión judicial tampoco abordó el fondo del problema.

Y la Corte Constitucional, al no seleccionar el caso, dejó en suspenso una discusión que el país no puede seguir aplazando.

Así, Catalina no encontró una respuesta a su sufrimiento, sino un laberinto institucional.

 El contraste con España: cuando la respuesta sí es la muerte

El caso de Noelia Castillo Ramos representa el otro extremo: un sistema donde la solicitud sí puede materializarse.

Pero esto no resuelve el problema de fondo. Lo transforma.

Porque la pregunta deja de ser jurídica para convertirse en ética y clínica:

¿haber agotado procedimientos garantiza que se agotaron las posibilidades reales de vida?
¿autorizar la muerte es siempre una forma de respetar la dignidad?

Ambos casos, lejos de contradecirse, se complementan en una misma preocupación:
la dificultad de distinguir entre una decisión autónoma y una rendición ante el sufrimiento.

 El peligro de convertir el cansancio en criterio de muerte

“Estoy cansada”.

En Catalina, esta frase no surge de una incomodidad pasajera, sino de años de sufrimiento clínico. Pero incluso así, el riesgo permanece:

si el cansancio —por más profundo que sea— se convierte en criterio suficiente para morir, la frontera ética se desdibuja peligrosamente.

Porque entonces la pregunta ya no será quién puede morir,
sino quién logra resistir.

Autonomía o abandono: una línea peligrosamente delgada

Ambos casos obligan a una reflexión incómoda:

¿estamos ampliando derechos… o normalizando formas sofisticadas de abandono?

La autonomía no puede analizarse al margen del contexto emocional, clínico y social.
Una decisión puede parecer libre, pero estar profundamente condicionada por el dolor, la soledad o la desesperanza.

Cuando la sociedad no logra ofrecer alternativas reales de alivio, la elección de morir deja de ser plenamente autónoma.

 El impacto invisible: lo que queda después

No existe una muerte sin impacto.

En contextos de suicidio asistido o eutanasia por sufrimiento psíquico, el efecto puede ser aún más complejo: familias atravesadas por dudas, profesionales cuestionados, y una sociedad que recibe un mensaje ambiguo.

Especialmente cuando se trata de una psicóloga, el símbolo es poderoso —y peligroso—:
quien estaba llamada a ayudar, no encontró razones para quedarse.

En un país como Colombia, donde el suicidio es un problema de salud pública, este tipo de mensajes puede debilitar profundamente los esfuerzos de prevención.

 La verdadera ayuda: Sostener cuando el otro no puede

Quien pide morir no siempre quiere dejar de vivir.
Muchas veces quiere dejar de sufrir.

Y ahí radica la responsabilidad ética más profunda:

¿responder eliminando el sufrimiento… o eliminando a quien sufre?

Ayudar no es rendirse con el otro.
Es sostenerlo incluso cuando él ya no puede hacerlo.

La evidencia clínica es clara: muchas personas que en algún momento desearon morir, tiempo después agradecen haber encontrado otra posibilidad.

 Una propuesta necesaria para Colombia

El caso de Catalina Giraldo no debe cerrarse como un expediente más. Debe convertirse en un punto de inflexión.

Colombia necesita:

• Reglamentar de manera urgente el suicidio médicamente asistido, evitando vacíos que profundicen el sufrimiento.
• Fortalecer el sistema de salud mental con acceso oportuno, continuo y especializado.
• Diferenciar con rigor clínico el sufrimiento existencial de los trastornos tratables.
• Reforzar estrategias de prevención del suicidio, especialmente en población joven.
• Construir redes reales de acompañamiento que reduzcan la soledad estructural.

 Conclusión: sostener la vida, incluso cuando pesa

Defender la vida no es negar el dolor.
Es negarse a que el dolor tenga la última palabra.

El caso de Catalina ocurrió primero. El de Noelia después.
Pero ambos nos están diciendo lo mismo:

algo está fallando en la forma en que acompañamos el sufrimiento humano.

Quizá la pregunta no sea si la vida siempre vale la pena.
Quizá la verdadera pregunta sea:

¿Qué estamos haciendo como sociedad para que alguien, incluso en medio del agotamiento más profundo, encuentre razones para quedarse?

Porque el verdadero desafío no es decidir sobre la muerte,
sino aprender —de una vez por todas— a sostener la vida… incluso cuando duele.