Es el suicidio médicamente
asistido una solución o una renuncia social?
Una reflexión desde la psicología clínica y la
prevención del suicidio
Por Oscar
Suárez, psicólogo con 33 años de experiencia en prevención del suicidio y
tratamiento de adicciones, autor de varios libros, bloguero y conferencista
En los últimos años, el debate sobre la llamada
“muerte digna” ha tomado fuerza en Colombia, especialmente a partir de casos
como el de Catalina Giraldo. Su testimonio, profundamente humano y cargado de
dolor, merece ser escuchado con respeto. Sin embargo, escuchar no implica
necesariamente validar como solución definitiva aquello que, desde la evidencia
clínica, representa una respuesta desesperada a un sufrimiento tratable.
Como profesional que ha dedicado más de tres
décadas a trabajar con personas al borde del suicidio, debo afirmar con
claridad: justificar el suicidio —incluso en su forma médicamente asistida—
como una opción válida frente al sufrimiento psíquico, es una peligrosa
distorsión ética, clínica y social.
Vivir no es fácil: el dolor es parte de la
experiencia humana
Quien dijo que vivir es fácil. La existencia humana
está atravesada por pérdidas, frustraciones, enfermedades, incertidumbre y, en
muchos momentos, por una profunda sensación de vacío.
Todos, en mayor o menor medida, hemos experimentado
alguna vez una especie de “náusea de la vida”: momentos en los que el sentido
se difumina, en los que aparecen ideas de renuncia, incluso pensamientos de
muerte.
Pero precisamente ahí radica una verdad fundamental
de la psicología clínica:
La
presencia del sufrimiento no invalida el valor de la vida, ni convierte la
muerte en solución.
El dolor es real, pero la desesperanza no es
irreversible
Catalina describe un vacío existencial profundo,
una sensación de falta de sentido que incluso se manifiesta físicamente. Esta
experiencia no debe minimizarse. Es, de hecho, una de las expresiones más
severas del trastorno depresivo mayor y de los trastornos de personalidad.
Pero aquí es donde es fundamental hacer una
distinción clínica:
Sentir
que la vida no tiene sentido no significa que la vida realmente no lo tenga.
La psicopatología tiene la capacidad de alterar la
percepción de la realidad. La depresión, en particular, distorsiona el
pensamiento, reduce la capacidad de proyectarse en el futuro y genera una
convicción errónea de que el sufrimiento es permanente e inmodificable.
Desde la
psicología basada en evidencia, sabemos que:
- Existen tratamientos de
segunda y tercera línea aún no explorados en muchos casos.
- Nuevos enfoques terapéuticos
(como terapias basadas en trauma, terapias dialéctico-conductuales
especializadas o intervenciones integrales) pueden generar cambios incluso
tras múltiples fracasos previos.
- La percepción de “ya intenté
todo” suele ser una conclusión subjetiva influenciada por el estado
emocional del paciente.
Aceptar
el suicidio como solución en este contexto sería equivalente a validar la
distorsión cognitiva como verdad absoluta.
El argumento del “cansancio” no puede ser el
criterio para morir
Catalina afirma: “Estoy cansada”. Esta frase,
frecuente en pacientes con sufrimiento crónico, debe ser interpretada
clínicamente como un indicador de agotamiento emocional extremo, no como una
evaluación racional y libre de la vida.
Si el cansancio se convierte en criterio suficiente
para justificar la muerte, entonces estaríamos abriendo una puerta ética
sumamente peligrosa:
- ¿Cuántas personas con
depresión severa podrían acogerse a este mismo argumento?
- ¿Qué mensaje recibirían los
miles de jóvenes que hoy luchan silenciosamente contra ideas suicidas?
El suicidio no puede convertirse en una respuesta
institucional al agotamiento humano. La respuesta del Estado frente a la
enfermedad mental o física no puede ser la muerte.
El deber del Estado y de la sociedad es ampliar las posibilidades de cuidado,
acompañamiento y tratamiento.
La ilusión del “suicidio controlado” y sin daño
Uno de los argumentos más reiterados es que el
suicidio médicamente asistido evitaría el trauma familiar de una muerte
violenta o inesperada. Se presenta como una forma “más humana” de morir.
Sin embargo, esta idea encierra una falacia
emocional:
No existe
un suicidio sin impacto traumático para la familia.
Acompañar
la muerte de un ser querido en estas condiciones no elimina el dolor; por el
contrario, puede generar:
- Culpa persistente (“¿pudimos
hacer algo más?”)
- Conflictos internos al haber
validado la decisión
- Duelo complicado, al no
poder reconciliar el amor con la aceptación de la muerte elegida
El
sufrimiento no desaparece por institucionalizar el acto. Solo cambia de forma.
Una renuncia preocupante: cuando incluso el saber
clínico claudica
Hay un elemento especialmente inquietante en este
caso: estamos ante una profesional de la salud mental.
Una psicóloga claudicando frente a la enfermedad
mental de depresión y ansiedad no puede interpretarse simplemente como un acto
de autonomía individual; también refleja el nivel de devastación que estas
patologías pueden generar.
Pero precisamente por eso, el mensaje social debe
ser profundamente cuidadoso.
Si incluso quienes han sido formados para comprender la mente humana terminan
concluyendo que la salida es la muerte, el riesgo de contagio psicológico y
desesperanza colectiva se incrementa.
Este no es un juicio sobre la persona. Es una
alerta sobre el impacto simbólico de estas decisiones en una sociedad que ya
lucha contra altos índices de suicidio.
El riesgo social: normalizar el suicidio como
opción
Colombia registra cerca de 2.800 suicidios al año.
En este contexto, legalizar y normalizar el suicidio asistido en casos de
sufrimiento mental envía un mensaje profundamente preocupante:
Que hay
vidas que dejan de ser dignas de ser vividas.
Esto
contradice décadas de trabajo en salud mental orientadas a:
- Prevenir el suicidio
- Fortalecer la resiliencia
- Promover el sentido de vida
incluso en medio del dolor
Si como sociedad comenzamos a validar que el
sufrimiento psicológico puede justificar la muerte, debilitamos todos los
programas de prevención y abrimos la puerta a una peligrosa resignación
colectiva.
La verdadera ayuda no es facilitar la muerte
Catalina
afirma que está “pidiendo ayuda”. Y tiene razón. Pero es necesario cuestionar
profundamente qué entendemos por ayuda.
Ayudar no
es acortar la vida para evitar el dolor.
Ayudar es:
- Permanecer cuando el otro
quiere rendirse
- Sostener cuando no hay
fuerzas
- Buscar alternativas incluso
cuando parecen agotadas
- Acompañar sin abandonar
Como lo
expresé en mi carta a Martha Liria, la respuesta del Estado no puede ser la
muerte.
Una sociedad verdaderamente humana no se mide por su capacidad de facilitar el
final, sino por su compromiso con el cuidado en los momentos más oscuros.
Conclusión: defender la vida, incluso cuando duele
Este no
es un debate sencillo ni cómodo. Implica reconocer el sufrimiento real de
personas como Catalina, pero también tener la valentía ética de no convertir
ese sufrimiento en argumento para la muerte.
Defender
la vida no es negar el dolor.
Es afirmar que incluso en medio de él, existen posibilidades que aún no han
sido completamente exploradas.
La
historia clínica, la experiencia terapéutica y el acompañamiento humano nos
enseñan algo fundamental:
Muchas
personas que en algún momento quisieron morir, hoy agradecen no haberlo hecho.
Por
ellas, por las que aún dudan, por las que están cansadas, y por las que
vendrán, debemos sostener una postura clara:
El
suicidio no es una solución terapéutica.
Es una renuncia social que no podemos aprender a llamar “derecho”.




