“La Muerte No es
la respuesta: el grito silencioso detrás del suicidio y la eutanasia”
-Una reflexión
sobre el suicidio, la eutanasia y el sentido de vida
Por
OSCAR SUAREZ
El caso en Colombia de Catalina Giraldo Silva, una psicóloga de 30 años que solicitó el
suicidio médicamente asistido tras años de sufrimiento psíquico, no solo abrió
un debate jurídico sin precedentes en el país, sino que marcó un punto de
tensión entre el derecho, la salud mental y los límites de la dignidad humana.
Su solicitud, presentada en octubre de 2025, se
convirtió en el primer intento formal en Colombia de acceder a la muerte
médicamente asistida por causas exclusivamente relacionadas con salud mental.
Sin embargo, lejos de resolverse, su caso quedó atrapado en un vacío normativo:
aunque la Corte Constitucional reconoció este derecho en 2022, su aplicación
sigue dependiendo de una reglamentación inexistente. La negativa institucional
no respondió al fondo del sufrimiento, sino a la ausencia de condiciones
legales para proceder.
Días después, en un escenario distinto, pero
profundamente conectado, el caso de Noelia Castillo Ramos en España —quien sí
accedió a la eutanasia— encendió un debate internacional sobre los límites
éticos del acompañamiento clínico, la responsabilidad del Estado y el papel de
los profesionales de la salud mental.
La
secuencia no es menor: primero, una mujer en Colombia que pide morir y no
puede; luego, otra en Europa que lo solicita y sí lo logra.
Entre ambos casos emerge una pregunta inquietante:
¿Estamos frente a dos sistemas
opuestos… o ante la misma incapacidad de comprender profundamente el
sufrimiento humano?
El
derecho a sentir el peso de existir
Hay una
verdad incómoda que debe ser reconocida sin ambigüedades: vivir duele.
¿Quien dijo que vivir era facil?
Duele perder, fracasar, enfermar,
amar sin ser correspondido. Duele, incluso, existir.Duele existir en esta socidad capitalista que te valora solo por lo economico o por la belleza fisica
El pensamiento de Albert Camus lo planteaba con
crudeza al afirmar que El SUICIDIO ES EL UNICO PROBLEMA FILOSOFICO SERIO. No
porque lo promoviera, sino porque entendía que todo ser humano, en algún
momento, se enfrenta al vacío, a la náusea de la vida, a la sensación de
absurdo.
Y es
necesario decirlo con claridad:
Tenemos derecho a sentirnos cansados, vacíos,
incluso desbordados por la vida.Es un derecho tan humano que incluso la Biblia lo reivindica en las palbaras de Job
Pero
reconocer ese derecho no equivale a convertir la muerte en respuesta.
Entre
enfermedad mental, sufrimiento y percepción de no salida
El caso de Catalina Giraldo exige una precisión
clínica que no puede pasarse por alto. No estamos únicamente frente a una
experiencia existencial de vacío, sino ante diagnósticos complejos: trastorno
depresivo mayor severo y persistente, trastorno límite de la personalidad y
trastorno de ansiedad.
Esto
cambia radicalmente el análisis.
La
depresión no es solo tristeza. Es una alteración profunda de la percepción, del
juicio y de la esperanza. Convence a quien la padece de que no hay salida,
incluso cuando sí la hay.
Cuando alguien afirma “no hay solución”, la
psicología clínica advierte que muchas veces no se trata de una verdad OBJETIVA,
sino de una construcción SUBJETIVA afectada por el trastorno.
Aceptar el suicidio asistido en este contexto
implicaría validar como definitiva una percepción que, por definición clínica,
es potencialmente modificable.
El caso
de Catalina revela una paradoja estructural del Estado colombiano: existe el
derecho, pero no existe el camino para ejercerlo.
Desde
1997, la eutanasia es legal en Colombia. En 2022, se abrió la puerta al
suicidio médicamente asistido. Sin embargo, la falta de regulación concreta
convierte ese derecho en una promesa vacía.
La
respuesta de la EPS no fue ética ni clínica: fue administrativa.
La decisión judicial tampoco abordó el fondo del problema.
Y la
Corte Constitucional, al no seleccionar el caso, dejó en suspenso una discusión
que el país no puede seguir aplazando.
Así,
Catalina no encontró una respuesta a su sufrimiento, sino un laberinto
institucional.
El caso
de Noelia Castillo Ramos representa el otro extremo: un sistema donde la
solicitud sí puede materializarse.
Pero esto
no resuelve el problema de fondo. Lo transforma.
Porque la
pregunta deja de ser jurídica para convertirse en ética y clínica:
¿haber
agotado procedimientos garantiza que se agotaron las posibilidades reales de
vida?
¿autorizar la muerte es siempre una forma de respetar la dignidad?
Ambos
casos, lejos de contradecirse, se complementan en una misma preocupación:
la dificultad de distinguir entre una decisión autónoma y una rendición ante el
sufrimiento.
“Estoy
cansada”.
En
Catalina, esta frase no surge de una incomodidad pasajera, sino de años de
sufrimiento clínico. Pero incluso así, el riesgo permanece:
si el
cansancio —por más profundo que sea— se convierte en criterio suficiente para
morir, la frontera ética se desdibuja peligrosamente.
Porque
entonces la pregunta ya no será quién puede morir,
sino quién logra resistir.
Autonomía
o abandono: una línea peligrosamente delgada
Ambos
casos obligan a una reflexión incómoda:
¿estamos
ampliando derechos… o normalizando formas sofisticadas de abandono?
La
autonomía no puede analizarse al margen del contexto emocional, clínico y
social.
Una decisión puede parecer libre, pero estar profundamente condicionada por el
dolor, la soledad o la desesperanza.
Cuando la
sociedad no logra ofrecer alternativas reales de alivio, la elección de morir
deja de ser plenamente autónoma.
No existe
una muerte sin impacto.
En
contextos de suicidio asistido o eutanasia por sufrimiento psíquico, el efecto
puede ser aún más complejo: familias atravesadas por dudas, profesionales
cuestionados, y una sociedad que recibe un mensaje ambiguo.
Especialmente
cuando se trata de una psicóloga, el símbolo es poderoso —y peligroso—:
quien estaba llamada a ayudar, no encontró razones para quedarse.
En un
país como Colombia, donde el suicidio es un problema de salud pública, este
tipo de mensajes puede debilitar profundamente los esfuerzos de prevención.
Quien
pide morir no siempre quiere dejar de vivir.
Muchas veces quiere dejar de sufrir.
Y ahí
radica la responsabilidad ética más profunda:
¿responder
eliminando el sufrimiento… o eliminando a quien sufre?
Ayudar no
es rendirse con el otro.
Es sostenerlo incluso cuando él ya no puede hacerlo.
La
evidencia clínica es clara: muchas personas que en algún momento desearon
morir, tiempo después agradecen haber encontrado otra posibilidad.
El caso
de Catalina Giraldo no debe cerrarse como un expediente más. Debe convertirse
en un punto de inflexión.
Colombia
necesita:
•
Reglamentar de manera urgente el suicidio médicamente asistido, evitando vacíos
que profundicen el sufrimiento.
• Fortalecer el sistema de salud mental con acceso oportuno, continuo y
especializado.
• Diferenciar con rigor clínico el sufrimiento existencial de los trastornos
tratables.
• Reforzar estrategias de prevención del suicidio, especialmente en población
joven.
• Construir redes reales de acompañamiento que reduzcan la soledad estructural.
Defender
la vida no es negar el dolor.
Es negarse a que el dolor tenga la última palabra.
El caso
de Catalina ocurrió primero. El de Noelia después.
Pero ambos nos están diciendo lo mismo:
algo está
fallando en la forma en que acompañamos el sufrimiento humano.
Quizá la
pregunta no sea si la vida siempre vale la pena.
Quizá la verdadera pregunta sea:
¿Qué
estamos haciendo como sociedad para que alguien, incluso en medio del
agotamiento más profundo, encuentre razones para quedarse?
Porque el verdadero desafío no es
decidir sobre la muerte,
sino aprender —de una vez por todas— a sostener la vida… incluso cuando duele.



