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jueves, 26 de marzo de 2026

UNA SOCIEDAD QUE MATA A SUS CIUDADANOS PORQUE ES INCAPAZ DE AYUDAR A ALIVIAR SU SUFRIMIENTO

 



¿Es la eutanasia en contextos de sufrimiento no terminal una solución… o una renuncia social? El caso de Noelia Castillo


Una reflexión desde la psicología clínica y la prevención del suicidio


Por Oscar Suárez

La muerte de Noelia Castillo Ramos ya no es una posibilidad ni un debate en abstracto.
Es un hecho.

Ocurrió.

Y con ella no solo se extinguió la vida de una joven de 25 años en plena primavera de su existencia, sino que quedó expuesta una herida ética, clínica y social que difícilmente podremos ignorar.

Y para comprender la profundidad de lo ocurrido, no basta con analizar el caso desde lo jurídico o lo clínico.
Es necesario, primero, detenerse y mirar su historia.

Imaginarla.

Imaginar que tienes 13 años y te sacan de tu casa porque tu hogar no puede sostenerte.
Imaginar que creces sin el cuidado básico que todo ser humano necesita.

Imaginar que una noche eres víctima de una agresión sexual brutal que rompe tu cuerpo y tu mundo interno.

Imaginar que, desde ese momento, no solo cargas con el recuerdo, sino con heridas persistentes: depresión severa, un trastorno de personalidad, una sensación constante de ruptura interior.

Imaginar que el dolor se vuelve tan intenso que intentas morir.
Y no lo logras.

Imaginar que sobrevives, pero no vuelves a la vida: despiertas con secuelas físicas irreversibles, con una discapacidad mayor, con el cuerpo convertido en un territorio de dolor permanente.

Imaginar que lo intentas otra vez.
Y otra.

Imaginar que cada día se vuelve una lucha que ya no quieres librar.
Que el cansancio no es momentáneo, sino estructural.

Imaginar que pides morir.
Y que el sistema finalmente te dice que sí.

Pero también imaginar que ese “sí” llega después de años de disputa, de resistencia, de tensiones familiares, de intentos por detener lo inevitable.

Y entonces, solo entonces, entender que Noelia no murió en una fase terminal.
Murió en medio del dolor.
Murió en medio del cansancio.
Murió en medio de una historia profundamente fracturada.

 Una muerte que interpela a la psicología… y a la sociedad

Para quienes trabajamos durante años en la prevención del suicidio, esta muerte no se siente como un cierre digno sin más.

Se vive, más bien, como una  DERROTA.

Porque detrás de su decisión había elementos clínicos claramente identificables:

  • trauma severo no resuelto
  • dolor físico crónico
  • agotamiento emocional extremo
  • pérdida de sentido de vida
  • desesperanza persistente

En el lenguaje clínico, estas no son condiciones que indiquen ausencia de alternativas.
Son, por el contrario, señales que históricamente han movilizado todos los esfuerzos terapéuticos posibles.

Sin embargo, en este caso, la respuesta no fue sostener la vida hasta el límite de las posibilidades, sino validar la muerte como salida.

Y ahí nace la incomodidad.

El peligro de convertir el “cansancio” en argumento

Noelia decía estar cansada.
Y ese cansancio era real.

Pero en psicología sabemos algo fundamental:
el cansancio no es una verdad definitiva sobre la vida, sino la expresión de un sistema emocional colapsado.

Si ese estado se convierte en criterio suficiente para morir, la pregunta es inevitable:

¿Qué mensaje estamos enviando a millones de jóvenes que hoy también están cansados?

Porque el riesgo no está solo en este caso individual.
Está en el modelo que se construye:

Que ante el sufrimiento profundo, desaparecer puede ser una opción validada.

Y en una época marcada por la depresión, el vacío y la desesperanza, ese mensaje no es neutro.
Es profundamente estructurante.

Una muerte legal… pero ¿también suficiente desde lo humano?

El caso cumplió con los requisitos legales.
Fue autorizado.
Fue validado.

Pero la legalidad no responde todas las preguntas.

Aceptar esta muerte implica asumir que:

  • ya no había alternativas reales
  • el sufrimiento era completamente irreversible
  • la percepción de Noelia no podía cambiar

Y la experiencia clínica muestra que, incluso en escenarios extremos, el ser humano puede reconstruir sentido cuando encuentra acompañamiento sostenido, vínculo y nuevas formas de significado.

Por eso la pregunta sigue abierta:

¿Se agotaron todas las posibilidades… o nos agotamos como sociedad para sostenerla?

El dolor no terminó: solo cambió de lugar

La muerte de Noelia no eliminó el sufrimiento.

Lo desplazó.

Quedó en su familia.
Quedó en quienes intentaron acompañarla.
Quedó en una sociedad que ahora debe procesar lo ocurrido.

Porque el dolor no desaparece con la muerte.
Se transforma.
Se redistribuye.

El mensaje para los jóvenes

Este caso tiene un impacto simbólico profundo.

Especialmente en una generación que ya vive:

  • agotamiento emocional
  • vacío existencial
  • pérdida de propósito
  • fragilidad psicológica

En ese contexto, la validación de la muerte como respuesta al sufrimiento instala una idea peligrosa:

si no puedes más, es comprensible querer dejar de existir.

Y eso contradice décadas de trabajo en prevención del suicidio, donde el principio ha sido otro:

si no puedes más, necesitas más apoyo, no menos vida.

¿Qué significa realmente ayudar?

Aquí está la pregunta más incómoda:

¿Qué significa ayudar a alguien que sufre profundamente?

¿Facilitar su muerte?
¿O permanecer cuando ya no quiere seguir?

Desde la psicología clínica, ayudar nunca ha sido abandonar.

Ayudar es:

  • sostener cuando todo se derrumba
  • acompañar en la desesperanza
  • insistir cuando el otro se rinde
  • abrir posibilidades donde solo hay cierre

Ayudar implica, muchas veces, resistir junto al otro el peso del dolor.

 Conclusión: una sociedad en tensión

La historia de Noelia no es solo una tragedia individual.
Es un espejo social.

Porque también es cierto —y no puede ignorarse— que su vida estuvo marcada por el abandono, la violencia y un dolor acumulado que ninguna persona debería soportar.

Y en ese punto aparece la tensión real:

entre comprender su sufrimiento…
y preguntarnos si la muerte es la respuesta que queremos institucionalizar como sociedad.

Hoy no basta con juzgar.
Tampoco basta con justificar.

Lo que este caso exige es una reflexión más profunda:

sobre cómo cuidamos,
cómo acompañamos,
y hasta dónde estamos dispuestos a sostener la vida cuando más duele.

Porque cuando una sociedad empieza a considerar la muerte como solución,
el verdadero riesgo no es solo que algunos mueran…

sino que muchos dejen de creer que vale la pena vivir.


martes, 17 de marzo de 2026

Carta a la colega CATALINA GIRALDO SILVA

 



Carta a la colega Catalina Giraldo Silva

Estimada Catalina:

He leído tu historia y he escuchado con respeto la profundidad de tu dolor. No escribo desde el juicio, sino desde la experiencia de muchos años acompañando a personas que, como tú, han sentido que la vida pesa demasiado, que el alma se agota y que el sentido parece desaparecer.

También escribo desde un lugar profundamente personal: tengo una hija que lleva tu mismo nombre. Y quizá por eso, al leerte, no puedo evitar sentir que esta carta también nace desde un lugar de padre, además de psicólogo.

Querida colega Catalina, nadie dijo que vivir fuera fácil. La vida, en muchos momentos, se vuelve cuesta arriba, incomprensible, incluso insoportable. Todos los seres humanos, en algún punto, hemos sentido esa especie de náusea de la vida, ese cansancio profundo, esa ausencia de sentido que parece no tener salida. Lo que tú sientes no es ajeno a la condición humana, aunque en tu caso haya alcanzado una intensidad desgarradora.

Sé que has luchado. Sé que no ha sido por falta de intentos. Sé que el cansancio del que hablas no es superficial, sino el resultado de años de batallas internas. Y precisamente por eso, tu historia no puede reducirse a una decisión final.

Tu dolor es real. Y la desesperanza no es definitiva. La desesperanza tiene fecha de caducidad.

A lo largo de la historia encontramos ejemplos profundamente humanos que nos recuerdan esto. William Griffith Wilson padeció depresión severa, luchó contra el alcoholismo y atravesó momentos de profunda desesperanza e ideas de muerte. Sin embargo, fue precisamente desde ese abismo que surgió una de las iniciativas de ayuda más grandes del mundo: Alcohólicos Anónimos. Su dolor no fue el final de su historia; se transformó en un propósito que ha salvado millones de vidas.

Y es aquí donde quiero detenerme contigo, con respeto, pero con firmeza: la respuesta a ese dolor no puede ser la muerte.

No puede serlo para ti, y no puede serlo como mensaje para una sociedad entera que hoy lucha por sostener la vida en medio del sufrimiento. La respuesta del Estado, de la medicina y de la psicología no puede ser acompañar la renuncia, sino fortalecer el cuidado.

Entiendo tu deseo de no hacer daño a tu familia, de evitarles una escena violenta, de permitirles acompañarte. Ese amor que expresas hacia ellos es profundamente valioso. Pero incluso en un escenario “controlado”, tu ausencia dejará un vacío, preguntas, silencios difíciles de sanar. El dolor no desaparece; solo cambia de forma.

Y permíteme decirte algo desde ese lugar de padre: ninguna madre, ninguna hermana, ningún ser que te ame, está realmente preparado para aprender a vivir sin ti.

Colega  hay algo que no puedo dejar de expresar: eres psicóloga. Has sido formada para comprender el sufrimiento humano, para acompañar procesos, para sostener a otros en momentos de oscuridad. Hoy eres tú quien necesita ser sostenida. Y no hay ninguna vergüenza en eso. Los psicólogos somos personas vulnerables. Hemos sentido el dolor y por eso empatizamos con quienes nos buscan profesionalmente. Pero tu historia, tu decisión, también habla a muchos otros que te miran.

Este momento de tu vida, aunque hoy lo sientas como un límite, podría convertirse en algo distinto. Podría ser el punto de partida de un significado nuevo. En un país como Colombia, donde muchos jóvenes viven atrapados en la desesperanza por la ausencia de oportunidades, tu historia podría llegar a ser un testimonio poderoso de resistencia, de lucha, de reconstrucción del sentido.

Podrías, incluso sin proponértelo hoy, inspirar a otros a amar la vida en medio de la dificultad.

Te comparto también algo de mi camino: actualmente trabajo en proyectos orientados a brindar ánimo y acompañamiento a quienes cuidan a otros en el área de discapacidad de la Gobernación del Valle del Cauca, a personas que muchas veces se desgastan en silencio y sienten que no pueden más. En ellos he aprendido algo que hoy quiero decirte con total convicción: nunca hay que perder la esperanza, incluso cuando parece que ya no queda nada.

Por eso, más allá de lo profesional, quiero hablarte como si le hablara a mi propia hija:

Catalina, quédate un poco más.

No como una exigencia, sino como una posibilidad.
Quédate para explorar caminos que quizá aún no han sido recorridos del todo.
Quédate para permitirte ser acompañada de nuevas maneras.
Quédate porque incluso en medio del dolor, la vida sigue teniendo espacios que aún no han sido descubiertos.

A lo largo de mi vida profesional he visto algo que nunca deja de conmoverme: personas que en algún momento estuvieron convencidas de que no podían continuar, tiempo después agradecen no haber tomado una decisión definitiva.

No porque el dolor haya desaparecido por completo, sino porque aprendieron a transitarlo de otra manera.

No te pido que tengas todas las respuestas hoy.
No te pido que dejes de sentir lo que sientes.
Solo te pido que no tomes una decisión irreversible en medio de un dolor que, aunque profundo, puede transformarse.

Tu vida tiene valor, incluso ahora.
Tu historia no está terminada.
Y tu existencia, aunque hoy te parezca vacía, sigue teniendo un significado que tal vez aún no alcanzas a ver.

Gracias por este día más de vida.

Con respeto, con humanidad y con esperanza, 

tu colega

 

 

OSCAR SUÁREZ
Psicólogo

 

 


CATALINA GIRALDO pide un SUICIDIO ASISTIDO

 



Es el suicidio médicamente asistido una solución o una renuncia social?

Una reflexión desde la psicología clínica y la prevención del suicidio

Por Oscar Suárez, psicólogo con 33 años de experiencia en prevención del suicidio y tratamiento de adicciones, autor de varios libros, bloguero y conferencista

 

En los últimos años, el debate sobre la llamada “muerte digna” ha tomado fuerza en Colombia, especialmente a partir de casos como el de Catalina Giraldo. Su testimonio, profundamente humano y cargado de dolor, merece ser escuchado con respeto. Sin embargo, escuchar no implica necesariamente validar como solución definitiva aquello que, desde la evidencia clínica, representa una respuesta desesperada a un sufrimiento tratable.

Como profesional que ha dedicado más de tres décadas a trabajar con personas al borde del suicidio, debo afirmar con claridad: justificar el suicidio —incluso en su forma médicamente asistida— como una opción válida frente al sufrimiento psíquico, es una peligrosa distorsión ética, clínica y social.

Vivir no es fácil: el dolor es parte de la experiencia humana

Quien dijo que vivir es fácil. La existencia humana está atravesada por pérdidas, frustraciones, enfermedades, incertidumbre y, en muchos momentos, por una profunda sensación de vacío.

Todos, en mayor o menor medida, hemos experimentado alguna vez una especie de “náusea de la vida”: momentos en los que el sentido se difumina, en los que aparecen ideas de renuncia, incluso pensamientos de muerte.

Pero precisamente ahí radica una verdad fundamental de la psicología clínica:

La presencia del sufrimiento no invalida el valor de la vida, ni convierte la muerte en solución.

El dolor es real, pero la desesperanza no es irreversible

Catalina describe un vacío existencial profundo, una sensación de falta de sentido que incluso se manifiesta físicamente. Esta experiencia no debe minimizarse. Es, de hecho, una de las expresiones más severas del trastorno depresivo mayor y de los trastornos de personalidad.

Pero aquí es donde es fundamental hacer una distinción clínica:

Sentir que la vida no tiene sentido no significa que la vida realmente no lo tenga.

La psicopatología tiene la capacidad de alterar la percepción de la realidad. La depresión, en particular, distorsiona el pensamiento, reduce la capacidad de proyectarse en el futuro y genera una convicción errónea de que el sufrimiento es permanente e inmodificable.

Desde la psicología basada en evidencia, sabemos que:

  • Existen tratamientos de segunda y tercera línea aún no explorados en muchos casos.
  • Nuevos enfoques terapéuticos (como terapias basadas en trauma, terapias dialéctico-conductuales especializadas o intervenciones integrales) pueden generar cambios incluso tras múltiples fracasos previos.
  • La percepción de “ya intenté todo” suele ser una conclusión subjetiva influenciada por el estado emocional del paciente.

Aceptar el suicidio como solución en este contexto sería equivalente a validar la distorsión cognitiva como verdad absoluta.

El argumento del “cansancio” no puede ser el criterio para morir

Catalina afirma: “Estoy cansada”. Esta frase, frecuente en pacientes con sufrimiento crónico, debe ser interpretada clínicamente como un indicador de agotamiento emocional extremo, no como una evaluación racional y libre de la vida.

Si el cansancio se convierte en criterio suficiente para justificar la muerte, entonces estaríamos abriendo una puerta ética sumamente peligrosa:

  • ¿Cuántas personas con depresión severa podrían acogerse a este mismo argumento?
  • ¿Qué mensaje recibirían los miles de jóvenes que hoy luchan silenciosamente contra ideas suicidas?

El suicidio no puede convertirse en una respuesta institucional al agotamiento humano. La respuesta del Estado frente a la enfermedad mental o física no puede ser la muerte.
El deber del Estado y de la sociedad es ampliar las posibilidades de cuidado, acompañamiento y tratamiento.

 

La ilusión del “suicidio controlado” y sin daño

Uno de los argumentos más reiterados es que el suicidio médicamente asistido evitaría el trauma familiar de una muerte violenta o inesperada. Se presenta como una forma “más humana” de morir.

Sin embargo, esta idea encierra una falacia emocional:

No existe un suicidio sin impacto traumático para la familia.

Acompañar la muerte de un ser querido en estas condiciones no elimina el dolor; por el contrario, puede generar:

  • Culpa persistente (“¿pudimos hacer algo más?”)
  • Conflictos internos al haber validado la decisión
  • Duelo complicado, al no poder reconciliar el amor con la aceptación de la muerte elegida

El sufrimiento no desaparece por institucionalizar el acto. Solo cambia de forma.

Una renuncia preocupante: cuando incluso el saber clínico claudica

Hay un elemento especialmente inquietante en este caso: estamos ante una profesional de la salud mental.

Una psicóloga claudicando frente a la enfermedad mental de depresión y ansiedad no puede interpretarse simplemente como un acto de autonomía individual; también refleja el nivel de devastación que estas patologías pueden generar.

Pero precisamente por eso, el mensaje social debe ser profundamente cuidadoso.
Si incluso quienes han sido formados para comprender la mente humana terminan concluyendo que la salida es la muerte, el riesgo de contagio psicológico y desesperanza colectiva se incrementa.

Este no es un juicio sobre la persona. Es una alerta sobre el impacto simbólico de estas decisiones en una sociedad que ya lucha contra altos índices de suicidio.

El riesgo social: normalizar el suicidio como opción

Colombia registra cerca de 2.800 suicidios al año. En este contexto, legalizar y normalizar el suicidio asistido en casos de sufrimiento mental envía un mensaje profundamente preocupante:

Que hay vidas que dejan de ser dignas de ser vividas.

Esto contradice décadas de trabajo en salud mental orientadas a:

  • Prevenir el suicidio
  • Fortalecer la resiliencia
  • Promover el sentido de vida incluso en medio del dolor

Si como sociedad comenzamos a validar que el sufrimiento psicológico puede justificar la muerte, debilitamos todos los programas de prevención y abrimos la puerta a una peligrosa resignación colectiva.

La verdadera ayuda no es facilitar la muerte

Catalina afirma que está “pidiendo ayuda”. Y tiene razón. Pero es necesario cuestionar profundamente qué entendemos por ayuda.

Ayudar no es acortar la vida para evitar el dolor.
Ayudar es:

  • Permanecer cuando el otro quiere rendirse
  • Sostener cuando no hay fuerzas
  • Buscar alternativas incluso cuando parecen agotadas
  • Acompañar sin abandonar

Como lo expresé en mi carta a Martha Liria, la respuesta del Estado no puede ser la muerte.
Una sociedad verdaderamente humana no se mide por su capacidad de facilitar el final, sino por su compromiso con el cuidado en los momentos más oscuros.

Conclusión: defender la vida, incluso cuando duele

Este no es un debate sencillo ni cómodo. Implica reconocer el sufrimiento real de personas como Catalina, pero también tener la valentía ética de no convertir ese sufrimiento en argumento para la muerte.

Defender la vida no es negar el dolor.
Es afirmar que incluso en medio de él, existen posibilidades que aún no han sido completamente exploradas.

La historia clínica, la experiencia terapéutica y el acompañamiento humano nos enseñan algo fundamental:

Muchas personas que en algún momento quisieron morir, hoy agradecen no haberlo hecho.

Por ellas, por las que aún dudan, por las que están cansadas, y por las que vendrán, debemos sostener una postura clara:

El suicidio no es una solución terapéutica.
Es una renuncia social que no podemos aprender a llamar “derecho”.

 

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jueves, 19 de febrero de 2026

El fenomeno THERIAN

 





Entre Humanizar o Animalizar: lo que nos está diciendo el fenómeno Therian

Por: Oscar Suárez, psicólogo
Autor de Papá acércate, soy adolescente

La adolescencia es el fenómeno psicológico de construcción de identidad adulta. Se ha dicho muchas veces que el producto final de este proceso es el YO adulto. Un momento donde el “¿quién soy?” no se responde con certezas, sino con pruebas, ensayos y, muchas veces, confusiones comprensibles.

Hoy estamos viendo un fenómeno que no puede abordarse ni desde la burla ni desde la validación automática. Existen adultos entre quienes presentan estas manifestaciones, sin embargo, me referiré especialmente a los adolescentes que conforman la mayoría de este fenómeno. Jóvenes que no solo sienten afinidad con animales, sino que afirman serlo

No como metáfora.
No como juego.
No como expresión estética.

Sino como identidad.Ahí está el punto que cambia todo.

Porque la humanidad siempre ha mirado hacia lo animal para comprenderse mejor. El lobo como símbolo de pertenencia, el felino como independencia, el caballo como libertad. En ese movimiento, el animal servía para humanizar la experiencia, para traducir emociones complejas en imágenes comprensibles.

Era un recurso simbólico.

Pero cuando el discurso pasa de:

👉 “me identifico con…”

a

👉 “yo soy…”

dejamos el terreno del símbolo y entramos en la literalidad. Entramos en la psicosis o locura

Y la literalidad no integra: reemplaza. Aquí aparece una tensión profunda que no es ideológica, sino psicológica:

¿Estamos usando lo animal para comprender lo humano?
¿O estamos desplazando lo humano hacia lo instintivo?

En otras palabras:

¿Estamos humanizando…
o comenzando a animalizar?

Esto no significa que cada joven que atraviesa estas expresiones esté desconectado de la realidad de forma estructural. Muchas veces, lo que hay detrás es algo mucho más cotidiano y silencioso:

  • soledad
  • dificultad para nombrar el malestar
  • experiencias de rechazo
  • sensación de no encajar en lo humano disponible

Lo animal aparece entonces como refugio:

no exige lenguaje complejo,
no exige contradicción,
no exige historia. No exige responsabilidad laboral ni compromisos académicos

Ser animal puede sentirse más simple que ser persona. Pero la adolescencia no necesita que le simplifiquen la identidad. Necesita que la acompañen a complejizarla. Que le acompañen a reconocerla en lo real

Hoy, sin embargo, muchos adultos han quedado atrapados en un dilema mal planteado: temen que orientar sea invalidar. Y así, acompañar comienza a confundirse con permitir.

Respetar, con no intervenir. Aceptar, con no diferenciar fantasía de realidad.

Pero el adolescente no solo necesita comprensión emocional. Necesita límites simbólicos que lo mantengan anclado a lo humano. Que lo mantengan en ubicación personal de tiempo, espacio y persona sana mentalmente.

Porque crecer implica integrar lo instintivo, no organizarse alrededor de ello.

Humanizar no es negar lo que el joven siente. Pero tampoco es confirmar toda autodefinición como si fuera una verdad incuestionable.

Humanizar es ayudar a traducir la experiencia en palabras, vínculos y proyectos.

Animalizar, en cambio, aparece cuando la identidad se repliega hacia lo pre-reflexivo, hacia lo que no necesita narrarse ni pensarse. Hacia el mundo de la locura o psicosis

El desafío actual no es reprimir la exploración adolescente.

Es algo más difícil:

permitir sin abandonar la orientación
validar sin renunciar a la realidad
acompañar sin disolver la función adulta

Porque el adolescente no solo busca ser entendido.

Busca —aunque no lo diga— referencias. Necesita la realidad

Y si el mundo adulto se retira por miedo a incomodar, el vacío no se llena con libertad. Se llena con desorientación. Crecer no consiste en elegir cualquier forma de ser.

Consiste en aprender a habitar la propia humanidad, incluso cuando resulta incómoda, contradictoria o dolorosa. QUIEN DIJO QUE VIVIR ERA FACIL

Esa sigue siendo, hoy más que nunca, una tarea compartida.

Y también una responsabilidad adulta que no podemos delegar en el algoritmo, la moda o la tendencia del momento.

Participemos activamente en el proceso en que nuestros adolescentes se conviertan en verdaderos ADULTOS

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