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domingo, 2 de agosto de 2026

Sofía Vela y la denuncia que ocupa la agenda nacional: una mirada desde la psicología clínica y la psicología forense

 



Cuando un caso se vuelve mediático: el caso Sofía Vela y las diferencias entre la psicología clínica y la psicología forense

 

Reflexiones a propósito del caso de la abogada Sofía Vela

La situación expuesta públicamente por la abogada colombiana Sofía Vela, quien ha denunciado haber sido víctima de abuso sexual por parte de un reconocido periodista, constituye una oportunidad para explicar una diferencia que con frecuencia genera confusión entre profesionales del derecho, periodistas y ciudadanos: la diferencia entre la psicología clínica y la psicología forense.

Antes de desarrollar este análisis, deseo expresar mi profundo respeto por el derecho que tiene toda persona que considera haber sido víctima de una conducta violenta o abusiva de acudir a las autoridades, recibir atención psicológica y ser escuchada con dignidad y sin prejuicios. De igual manera, las personas señaladas tienen derecho a la presunción de inocencia y al debido proceso. El presente escrito constituye únicamente una reflexión académica sobre dos especialidades de la psicología y no pretende sustituir la valoración que corresponde realizar a las autoridades judiciales.

La perspectiva de la psicología clínica

Desde la psicología clínica resulta completamente válido que la abogada Sofía Vela interprete determinados acontecimientos de su vida como una experiencia de abuso, siempre que esa sea la manera como ella vivencia subjetivamente lo ocurrido.

También resulta clínicamente válido que establezca una relación entre dicha experiencia y el profundo sufrimiento emocional que describe, incluyendo su episodio depresivo, la hospitalización durante dos meses, la afectación funcional y el intenso sentimiento de desolación que refiere.

Igualmente, es legítimo que experimente la sensación de haber perdido el control sobre sí misma, que perciba haber sido utilizada o aprovechada emocionalmente y que ubique el origen de su sufrimiento en la conducta de otra persona.

Para la psicología clínica, todo este dolor constituye una realidad psicológica que merece comprensión, acompañamiento terapéutico y tratamiento, independientemente de la calificación jurídica que posteriormente pueda darse a los hechos.

Carl Rogers (1979), uno de los principales representantes de la psicología humanista, afirmaba que:

"Todo individuo vive en un mundo constantemente cambiante de experiencias del cual él es el centro."

Esta afirmación resume el objeto de estudio de la psicología clínica.

El psicólogo clínico no tiene como misión establecer la verdad jurídica de los acontecimientos. Su interés principal consiste en comprender la realidad psicológica del paciente; es decir, cómo interpreta, organiza y resignifica aquello que vivió.

En otras palabras, para el clínico existe una diferencia entre:

  • la realidad objetiva de los hechos; y
  • la representación mental y emocional que la persona construye acerca de ellos.

Precisamente sobre esta segunda realidad se orienta la intervención terapéutica.

La fenomenología describe esta diferencia al distinguir entre "el ser en sí" y "el ser para mí": una cosa es el acontecimiento objetivo y otra muy distinta el significado psicológico que adquiere para quien lo vivió.

Desde esta perspectiva, la función del psicólogo consiste en ayudar a que la persona comprenda sus emociones, encuentre coherencia interna, disminuya su sufrimiento y fortalezca su integración psíquica.

La perspectiva de la psicología forense

La finalidad de la psicología forense es sustancialmente diferente.

Mientras la psicología clínica trabaja para aliviar el sufrimiento humano, la psicología forense trabaja al servicio de la administración de justicia.

El psicólogo forense no busca validar la experiencia subjetiva del evaluado como verdadera o falsa desde una perspectiva terapéutica, sino aportar conocimiento científico que permita al juez comprender aspectos psicológicos relevantes para la investigación.

Su interés principal es establecer la consistencia, coherencia, plausibilidad y verosimilitud de los relatos, así como analizar si existe evidencia psicológica que permita relacionar determinadas consecuencias con los hechos investigados.

En otras palabras, la psicología forense busca determinar si existe un soporte técnico que permita establecer un nexo entre los hechos investigados y las consecuencias psicológicas alegadas, siempre dentro de los límites de su disciplina y sin sustituir la función del juez.

Algunas reflexiones forenses sobre el caso

Tomando únicamente como referencia la información que ha sido divulgada públicamente por la propia abogada en medios digitales, pueden formularse algunas observaciones desde la psicología forense, entendidas como hipótesis técnicas y no como conclusiones judiciales.

Si los encuentros afectivos o sexuales descritos fueron efectivamente consentidos, realizados entre personas mayores de edad con capacidad para autodeterminarse y sin evidencia de coerción, intimidación o incapacidad para consentir, ello constituye un elemento relevante para el análisis jurídico y pericial, cuya valoración corresponde exclusivamente a las autoridades competentes.

También pueden resultar relevantes factores mencionados por la propia denunciante, como:

  • su mayoría de edad (29 años);
  • su formación profesional como abogada;
  • su experiencia académica internacional;
  • su desempeño laboral;
  • la admiración previa que manifestó sentir hacia el periodista;
  • las expectativas personales o profesionales que afirma haber construido alrededor de esa relación.

Desde la psicología forense, ninguno de estos elementos excluye por sí mismo la posibilidad de afectación psicológica; sin embargo, sí forman parte del contexto que debe ser analizado al estudiar la dinámica relacional y la eventual existencia de un vínculo causal entre los hechos denunciados y las secuelas emocionales referidas.

Del mismo modo, la presencia de un episodio depresivo severo, aun cuando esté plenamente acreditado clínicamente, no permite por sí sola concluir que dicho cuadro haya sido causado exclusivamente por los acontecimientos denunciados. El análisis forense exige explorar múltiples variables, entre ellas la historia psicológica previa, factores de vulnerabilidad, acontecimientos vitales concurrentes, características de personalidad y otras posibles causas que puedan explicar o contribuir al estado emocional de la persona.

Por ello, la existencia del sufrimiento psicológico y la determinación de su origen constituyen cuestiones distintas desde el punto de vista técnico.

Psicología clínica y psicología forense: dos verdades diferentes

Quizá la mayor diferencia entre ambas especialidades radica en la pregunta que cada una intenta responder.

La psicología clínica pregunta:

¿Cómo está viviendo Sofia lo ocurrido?

La psicología forense pregunta:

¿Qué puede demostrarse técnicamente acerca de los hechos y de sus consecuencias dentro de este proceso judicial?

La primera busca aliviar el sufrimiento.

La segunda busca aportar conocimiento especializado para la toma de decisiones judiciales.

Ninguna sustituye a la otra; simplemente responden a objetivos distintos.

La decisión corresponde al juez

Finalmente, es importante recordar que corresponde al juez integrar todas las pruebas del proceso y otorgarles el valor que jurídicamente corresponda.

El psicólogo clínico evalúa desde un propósito terapéutico. El psicólogo forense realiza una valoración pericial conforme a protocolos científicos y a las preguntas formuladas por la autoridad judicial.

 

jueves, 16 de julio de 2026

Una sociedad que mata a sus ciudadanos porque es incapaz de aliviar su dolor

 


Una sociedad que mata a sus ciudadanos porque es incapaz de aliviar su dolor

Por Óscar Suárez

El pasado 15 de julio de 2026, Francia dio un paso histórico al aprobar la eutanasia y el suicidio asistido bajo determinadas condiciones. Con esta decisión se suma a otros países europeos como Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo y España, donde estas prácticas ya cuentan con un marco legal.

Más allá de las discusiones jurídicas o políticas, este hecho invita a una reflexión profunda sobre el rumbo que está tomando nuestra civilización y sobre la manera en que las sociedades contemporáneas están comprendiendo el sufrimiento humano.

Es innegable que nadie desea el dolor. La enfermedad, la dependencia, la pérdida de capacidades físicas o cognitivas, el sufrimiento psíquico y la proximidad de la muerte constituyen algunas de las experiencias más difíciles de la existencia. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos es si una sociedad verdaderamente desarrollada responde a esos dramas eliminando al que sufre o fortaleciendo todos los recursos posibles para aliviarlo, acompañarlo y dignificar su vida hasta el último instante.

Cada vez parece hacerse más frecuente la tendencia a disminuir la resistencia frente a las situaciones difíciles. En lugar de fortalecer la capacidad humana para afrontar la adversidad, se busca eliminar aquello que produce sufrimiento, incluso cuando ello implica terminar con la propia vida. Bajo el argumento de construir sociedades más civilizadas, respetuosas de la autonomía personal y del libre albedrío, la muerte comienza a presentarse como una alternativa legítima para resolver algunos de los dramas inevitables de la condición humana.

El problema es que, poco a poco, puede producirse un cambio cultural profundo. La muerte deja de ser un acontecimiento natural del ciclo de la vida para convertirse en una solución frente al sufrimiento. Y cuando una sociedad comienza a normalizar esa idea, el riesgo es que el umbral de tolerancia frente al dolor disminuya progresivamente.

Hoy se habla de enfermedades terminales; mañana podrían ampliarse las causales hacia enfermedades crónicas, discapacidades severas, sufrimientos psicológicos persistentes, soledad extrema o incluso el agotamiento propio de la vejez. La frontera ética puede ir desplazándose casi imperceptiblemente hasta el punto de considerar que determinadas vidas han perdido suficiente calidad como para justificar su final anticipado.

No se trata únicamente de un debate religioso o moral. Incluso desde una perspectiva humanista, psicológica y antropológica, vale la pena preguntarse qué mensaje estamos transmitiendo acerca del valor de la existencia humana.

La vejez nunca ha sido una enfermedad. Tampoco la discapacidad o la vulnerabilidad son sinónimo de indignidad. Son etapas posibles de la condición humana que exigen solidaridad, redes de apoyo, cuidados paliativos de calidad, acompañamiento psicológico, atención médica integral y una cultura del cuidado.

Cuando una sociedad encuentra más sencillo ofrecer la muerte que garantizar esos apoyos, quizá el verdadero problema no sea el sufrimiento de quien solicita morir, sino la incapacidad colectiva para aliviar ese sufrimiento.

Como psicólogo, durante décadas he conocido personas que en determinados momentos manifestaron deseos intensos de morir. Muchas de ellas no buscaban realmente la muerte; buscaban que cesara un dolor físico, emocional o existencial que les parecía insoportable. Cuando recibieron atención adecuada, apoyo familiar, tratamiento oportuno y acompañamiento profesional, recuperaron el sentido de vivir.

Esto demuestra que el deseo de morir, en numerosas ocasiones, no es estable ni definitivo. Es la expresión extrema de un sufrimiento que puede modificarse cuando aparecen nuevas razones para vivir.

Existe además otro aspecto que merece especial atención: el mensaje que estas transformaciones culturales envían a las nuevas generaciones.

Vivimos en una época caracterizada por la inmediatez. Todo parece orientado hacia la rapidez, la comodidad y la obtención de resultados con el menor esfuerzo posible. La inteligencia artificial, aunque representa uno de los avances tecnológicos más extraordinarios de nuestra historia, también puede contribuir —si no se utiliza críticamente— a fortalecer la cultura del atajo, donde pensar menos, esperar menos y esforzarse menos parecen convertirse en virtudes.

Las nuevas generaciones crecen rodeadas de tecnologías que simplifican procesos, automatizan decisiones y reducen tiempos. Ese progreso es positivo en muchos aspectos. Sin embargo, también puede favorecer una menor tolerancia a la frustración y una creciente dificultad para afrontar los procesos largos, el dolor, la incertidumbre y la espera, elementos inseparables de toda existencia humana.

Si a esa cultura de la inmediatez se suma la idea de que incluso la muerte puede convertirse en una respuesta socialmente aceptable frente al sufrimiento, el riesgo es que terminemos debilitando uno de los pilares fundamentales de la salud mental: la capacidad de resiliencia.

La resiliencia no consiste en negar el dolor, sino en desarrollar recursos personales y sociales para enfrentarlo. Es precisamente en medio de las dificultades donde muchas personas descubren fortalezas que desconocían, reconstruyen vínculos, encuentran nuevos significados y transforman su propia historia.

Una sociedad verdaderamente humana no debería medir su grado de civilización únicamente por el reconocimiento de nuevas libertades individuales. También debería evaluarse por su capacidad para cuidar a quienes sufren, proteger a los más vulnerables, combatir la soledad, fortalecer la salud mental y garantizar que ninguna persona llegue a pensar que morir es su única alternativa.

El progreso no consiste simplemente en ampliar el catálogo de derechos relacionados con la muerte. El auténtico progreso consiste en construir comunidades capaces de hacer que la vida, incluso en medio del sufrimiento, siga siendo digna de ser vivida.

Quizá el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea aprender a facilitar la muerte, sino aprender nuevamente a acompañar la vida.

Porque una sociedad que termina ofreciendo la muerte como respuesta al sufrimiento corre el riesgo de convertirse, paradójicamente, en una sociedad que mata a sus ciudadanos porque ha renunciado a aliviar su dolor.

 




martes, 14 de julio de 2026

UNA SOCIEDAD QUE MATA A SUS CIUDADANOS PORQUE ES INCAPAZ DE AYUDAR A ALIVIAR SU SUFRIMIENTO

 


¿La eutanasia en contextos de sufrimiento psíquico severo: una respuesta compasiva… o un desafío para la salud mental? El caso de Catalina Giraldo

Una reflexión desde la psicología clínica y la prevención del suicidio

Por Oscar Suárez

La muerte de Catalina Giraldo ya no pertenece al terreno de las hipótesis ni de los debates académicos.

Es un hecho.

El pasado 9 de julio de 2026, Colombia conoció uno de los casos más complejos y controvertidos en la historia reciente de la salud mental y la bioética.

Con su fallecimiento no solo terminó la vida de una joven psicóloga de apenas 30 años. También se abrió una profunda discusión sobre la manera en que nuestra sociedad responde al sufrimiento psicológico cuando este parece no tener fin.

Para comprender la dimensión de este caso no basta con analizar la decisión desde el punto de vista jurídico o médico.

Es necesario detenerse, por un momento, en la historia humana que existía detrás.

Imaginar que durante diez años convives con un dolor emocional intenso que no concede tregua.

Imaginar que recibes diagnósticos de trastorno depresivo mayor severo y persistente, trastorno límite de la personalidad y trastorno de ansiedad.

Imaginar que aceptas cada tratamiento con la esperanza de recuperar la tranquilidad.

Cerca de cuarenta esquemas farmacológicos.

Años de psicoterapia.

Terapia electroconvulsiva.

Infusiones de ketamina.

Hospitalizaciones repetidas.

Nuevos intentos terapéuticos.

Nuevas expectativas.

Y nuevas decepciones.

Imaginar que, aun con todo ese esfuerzo, el sufrimiento continúa.

Que cada recaída hace más difícil creer que la siguiente intervención será diferente.

Que el agotamiento termina convirtiéndose en una experiencia permanente.

Catalina expresó sentirse exhausta.

Sentía que ya no podía seguir intentando.

Finalmente, el Estado colombiano autorizó la práctica de la eutanasia y el procedimiento se realizó el 9 de julio de 2026.

Un caso que interpela a la psicología

Para quienes trabajamos desde hace décadas en salud mental y prevención del suicidio, este caso produce inevitables preguntas.

No porque se desconozca la intensidad del sufrimiento de Catalina.

Tampoco porque se pretenda minimizar el fracaso de múltiples tratamientos.

Por el contrario.

Precisamente porque conocemos la complejidad de estos cuadros clínicos sabemos que el sufrimiento psíquico puede llegar a ser devastador.

Pero también sabemos que la desesperanza constituye uno de los síntomas centrales de la depresión severa.

Y esa realidad obliga a preguntarnos:

¿Cómo diferenciar una decisión verdaderamente autónoma del peso que ejerce una enfermedad cuya esencia consiste precisamente en hacer creer que ya no existe salida?

No es una pregunta sencilla.

Y probablemente no tenga respuestas absolutas.

 

 

 

Cuando el tratamiento no logra aliviar el dolor

Catalina recibió atención especializada durante años.

Su historia evidencia el enorme esfuerzo realizado por profesionales, instituciones y por ella misma.

Sin embargo, existen casos en los que la ciencia aún no consigue aliviar completamente el sufrimiento.

Reconocer esa realidad no significa renunciar a seguir investigando ni a fortalecer los servicios de salud mental.

Al contrario.

Nos recuerda que todavía existen enormes desafíos para comprender mejor los trastornos mentales graves y ofrecer alternativas cada vez más eficaces.

El impacto social de estos casos

Más allá de la decisión individual, estos acontecimientos generan un profundo impacto colectivo.

Especialmente entre miles de personas que hoy viven con depresión, ansiedad, trastornos de personalidad o pensamientos suicidas.

Por ello resulta indispensable transmitir un mensaje claro.

La existencia de un caso excepcional, evaluado dentro de un marco legal y médico específico, no significa que el sufrimiento psicológico carezca de posibilidades de tratamiento o de mejoría para la mayoría de las personas.

Cada historia clínica es diferente.

Y muchas personas que alguna vez sintieron que no había esperanza han logrado recuperar calidad de vida gracias a tratamientos oportunos, redes de apoyo y acompañamiento continuo.

Por eso resulta fundamental evitar que estos casos sean interpretados como una respuesta general al sufrimiento emocional.

La responsabilidad de una sociedad

El caso de Catalina también obliga a mirar más allá del sistema de salud.

Nos invita a preguntarnos cuánto hacemos como sociedad para prevenir el sufrimiento antes de que alcance niveles extremos.

¿Cuánto invertimos en prevención?

¿Cuánto fortalecemos la atención temprana?

¿Cuánto acompañamos a quienes viven con enfermedades mentales severas y a sus familias?

Porque la salud mental no depende únicamente de medicamentos o intervenciones clínicas.

También necesita vínculos, comprensión, inclusión social, acceso oportuno a los servicios y comunidades capaces de sostener a quienes atraviesan momentos de profunda vulnerabilidad.

Reflexión final

La historia de Catalina Giraldo no admite juicios simplistas.

Detrás de ella existió una mujer que luchó durante años contra un sufrimiento que describía como insoportable.

Su caso merece respeto, sensibilidad y una profunda reflexión ética.

Pero también nos recuerda que la salud mental continúa siendo uno de los mayores retos de nuestro tiempo.

Como psicólogo y como profesional dedicado durante décadas a la prevención del suicidio, considero que estos acontecimientos deben impulsarnos a fortalecer la investigación, ampliar el acceso a tratamientos especializados, combatir el estigma y construir redes de apoyo más sólidas para quienes viven con trastornos mentales graves.

Quizá la pregunta más importante que deja Catalina no sea únicamente cómo respondió el sistema a su sufrimiento.

 La verdadera pregunta es qué más podemos hacer, como profesionales, instituciones y sociedad, para que cada persona que enfrenta un dolor psicológico extremo encuentre oportunidades de atención, acompañamiento y esperanza antes de llegar al límite de sus fuerzas.

Final del formulario

 

sábado, 30 de mayo de 2026

MARCELA GOMEZ SEPULVEDA ,la joven hallada muerta dentro de un costal frente a una estacion del transporte masivo de Cali

 




A Marcela ,  a su  Padre y a todos los padres que tenemos una hija y es la luz de nuestros ojos 

Dedicado a Guiovanni Gomez, padre de Marcela Gómez

Hay dolores para los cuales el lenguaje parece insuficiente.

Existen noticias que fracturan el alma, que dividen la vida en un antes y un después, que convierten los días en una sucesión de preguntas sin respuesta y las noches en un territorio donde el recuerdo y la ausencia libran una batalla interminable.

La muerte de Marcela fue una de esas tragedias.

Durante varios días, su padre sostuvo una lucha silenciosa contra el miedo. En algún lugar de su corazón conservaba la esperanza de que aquella ausencia tuviera una explicación sencilla. Quería creer que su hija había pasado la noche con amigos, que había olvidado avisar, que en cualquier momento sonaría el teléfono y escucharía nuevamente su voz.

Porque los padres, incluso cuando la razón nos advierte del peligro, solemos aferrarnos a la esperanza.

Y él lo hizo.

Se negó a permitir que el fantasma de la Muerte se asomara siquiera a sus pensamientos. Quiso creer que su niña de 26 años, aquella muchacha rubia llena de sueños, aquella madre de un pequeño bebé, regresaría a casa.

Pero la realidad fue infinitamente más cruel.

El hallazgo de su cuerpo en un costal,frente a la estacion del transporte masivo Mio de Cali de la Rivera,  arrebató de un solo golpe todas las posibilidades de un final distinto.

Y entonces apareció el dolor.

Un dolor imposible de medir.

Un dolor que ningún padre debería conocer.

Porque no existe preparación para recibir una noticia semejante.

No existe entrenamiento emocional para comprender cómo alguien puede planear, ejecutar y consumar un acto de violencia tan extremo contra otro ser humano.

Resulta difícil entender cómo, en una época donde la humanidad habla de inteligencia artificial, de exploración espacial, de avances científicos capaces de cambiar el mundo, aún sobrevivan expresiones de crueldad capaces de degradar la vida humana hasta límites inimaginables.

¿Cómo puede coexistir tanto progreso con tanta barbarie?

¿Cómo puede una mente humana transformar a una joven llena de proyectos, sueños y esperanzas en víctima de una violencia tan devastadora?

Son preguntas que acompañarán por mucho tiempo a quienes la amaron.

Pero entre todas las personas golpeadas por esta tragedia, quizá nadie enfrenta una batalla interior tan profunda como su padre.

No sabe qué pesa más.

Si la soledad.

Si la tristeza.

Si la impotencia.

O la rabia que produce saber que alguien le arrebató para siempre a la niña que un día sostuvo entre sus brazos.

Porque para  nosotros los padres las hijas nunca dejan de ser pequeñas.

Pueden cumplir veinte, treinta o cincuenta años.

Pueden convertirse en profesionales, madres o esposas.

Pero siguen siendo aquellas niñas que corrían a abrazarnos.

Siguen siendo nuestras muñecas.

Nuestros tesoros.

La razón de muchas de nuestras luchas.

Y hoy ese padre enfrenta una realidad para la que nadie está preparado: despedir a una hija.Despues de una muerte atroz

Una realidad que parece contrariar el orden natural de la existencia.

Los padres nacemos creyendo que algún día serán nuestros hijos quienes nos acompañen hasta el final del camino.

No imaginamos que seremos nosotros quienes debamos acompañar a nuestros hijos hasta la última morada.

Por eso el dolor adquiere una dimensión distinta.

Porque no solo se pierde una vida.

También se pierden los sueños compartidos, los proyectos futuros, las conversaciones pendientes, los abrazos que jamás volverán a repetirse.

Como psicólogo, como padre de dos hijas, una mujer adulta y una adolescente que aún transita los caminos de la juventud, no puedo evitar imaginar la magnitud de ese sufrimiento.

Y precisamente por ser padre comprendo que detrás de cada noticia de violencia contra una mujer existe una familia que también queda herida.

Existe un padre que se pregunta qué pudo hacer diferente.

Existe una madre que revive una y otra vez los recuerdos de la infancia.

Existen hermanos, hijos y seres queridos tratando de comprender lo incomprensible.

Por eso hoy extiendo mi abrazo solidario a ese padre.

A ese hombre que probablemente se siente derrotado por momentos.

A ese hombre que enfrenta el silencio de una habitación vacía.

A ese hombre que aún espera escuchar unos pasos que nunca volverán.

Su dolor merece respeto.

Su duelo merece acompañamiento.

Y su amor por su hija merece ser recordado.

Pero también debemos permitir que esta tragedia nos deje una enseñanza.

La violencia contra la mujer no es un problema ajeno.

No es una estadística.

No es un titular pasajero.

Tiene nombre.

Tiene rostro.

Tiene familia.

Tiene consecuencias que perduran durante generaciones.

Cada mujer que pierde la vida por causa de la violencia deja detrás una cadena de sufrimiento que alcanza a padres, madres, hijos, hermanos y amigos.

Por eso la prevención debe convertirse en una responsabilidad colectiva.

Debemos enseñar a nuestras hijas a reconocer situaciones de riesgo, a buscar ayuda cuando se sientan vulnerables y a comprender que el autocuidado nunca es una muestra de miedo sino de sabiduría.

Debemos educar a nuestros hijos en el respeto, la empatía y la dignidad humana.

Debemos construir una sociedad donde ninguna mujer tenga que vivir con temor.

Y también debemos desarrollar una mayor sensibilidad hacia los padres que enfrentan estas pérdidas.

Porque quienes tenemos hijas sabemos que ellas son la luz de nuestros ojos.

Son la razón de innumerables esfuerzos.

Son la motivación para levantarnos cada mañana.

Son una parte de nuestra propia existencia caminando por el mundo.

Hoy, en medio del dolor, elevamos una oración por Marcela.

Por la pequeña hija que deja.

Por su familia.

Y especialmente por su padre.

Que encuentre fortaleza para seguir adelante.

Que encuentre personas capaces de acompañarlo en su sufrimiento.

Y que algún día, cuando el tiempo haya suavizado las heridas más profundas, pueda recordar a su hija no por la violencia que sufrió, sino por la alegría, los sueños y el amor que sembró durante su paso por esta vida.

Porque la violencia puede arrebatar una existencia.

Pero jamás podrá borrar el amor que una hija deja grabado para siempre en el corazón de su padre.