INSTRUCCIONES PARA LA ESCUELA DE PADRES

Programa ESCUELA DE PADRES virtual

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viernes, 6 de noviembre de 2026

LOS PADRES NO SON AMIGOS DE SUS HIJOS

 



¿PORQUÉ LOS PADRES, NO PUEDEN SER AMIGOS DE LOS HIJOS?

A muchas personas les molesta el hecho de que los psicólogos digamos que el padre que sea más amigo que papa de sus hijos, los deja huérfanos. En cierta medida esta afirmación tan rotunda podría generar una crítica dado que se opondría a un trato afable entre padres e hijos dentro de una relación amistosa y cercana muy deseable

Pero una mirada detenida de la relación de  amistad nos lleva a analizar a esta en las siguientes dimensiones:

1-                La amistad solo se da entre iguales. Está demostrado que cuando existe alguna afinidad es más probable que la empatía pueda construirse como elemento esencial de la amistad. Entre padre e hijo no habrá ni podrá existir. El papa le lleva distancia al hijo, o debe llevarle, porque es quien le marca pautas, señala  metas y se convierte en un modelo.

2-                La amistad supone una cierta complicidad, dos amigos o amigas en cierta forma se cubren la espalda, se ayudan, se guardan secretos.

Un papa nunca alcahuetea nada a su hijo o hija, no  le permitirá nada que contravenga las normas, salvo excepciones en que no constituya asuntos graves y sea un pacto de camaradería cálida.

3-   En la amistad no existe dependencia ni jerarquía. No hay quien manda ni quien obedece. El papa deberá ser la autoridad, la norma y quien imparte justicia en la casa. Las normas permiten al hijo un referente importante, y le generan  una sensación de seguridad interior. La carencia de estas puede llevarle a la psicosis, la anomia y la delincuencia

4-   La amistad es una relación de afabilidad, cercanía y afecto en círculos diferentes a la familia. Ser padre no conlleva necesariamente la actitud distante, autoritaria o arrogante. Se puede ser un padre amistoso, cercano, afable y cariñoso sin perder el rol.

 

Estamos viviendo una época en la que la gente no  quiere envejecer. Se desea permanecer en una eterna juventud sin asumir los roles que la edad y los compromisos plantean. Mantenerse bien con alta autoestima no necesariamente es esconder las arrugas  y las canas.

Muchas personas quieren ser considerados padres “chéveres”, por sus hijos y los amigos de estos y por esa razón no asumen su autoridad negando los permisos y salidas cuando se deba hacer o haciendo las reconvenciones y castigos correctivos con la consecuente “malacara” y desaprobación de ellos.

Es verdad que administrar justicia y educar a  los adolescentes de hoy desgasta y genera momentos de tensión con ellos, pero solo el papa o la mama que esté dispuesto o dispuesta a aceptarlo ayudara a construir hijos e hijas ajustados a las normas

Los padres de hoy tenemos la disyuntiva de ser amigos de nuestros hijos, y ser calificados por  ellos como “ papás o mamás  bacanos” y por ello  tenemos que soportar  el cuarto en que duermen en un estado muy parecido a un “chiquero”, con parrandas en la casa, salidas y entradas a cualquier hora con deterioro de nuestro sueño, daños en el carro los fines de semana, detrimento en el presupuesto para los gastos de las salidas de ellos y su ropa nueva para estar  a la altura de sus amigos y amigas;, en fin, de convertirnos al final en subalternos de ellos, responsables de su embarazos no planeados, pérdidas del año escolar, daños en bienes ajenos, consumo y adicción de sustancias psicotoxicos, agresión a adultos superiores del colegio y/o universidad.

Y la otra cara de la moneda es tomar nuestro lugar, ser autoridad, mantener el respeto en la casa y con todo lo que en ella existe. Librar a nuestros hijos de los peligros y daños que pudiera ocasionar u ocasionarse. Atraer sobre nosotros la mirada mustia y descalificadora de ellos y de sus amigos y por lo tanto ser calificados como “anti chévere”

Es que al final a nadie le va a gustar que le nieguen lo que desea, y que lo controlen y lastimosamente quien debe hacerlo es precisamente quien más ama al hijo: El papa y la mama.

Ser padre o madre es un rol existencial que trae ya determinadas las reglas del juego, nosotros solo tenemos que decidir si las asumimos o no, pero sin medianías, sin media tintas. Ello no excluye el afecto, la comprensión, el dialogo y las excepciones cuando son razonadas y justas

OSCAR SUAREZ

Oscarsuarez7.blogspot.com

 

 

El análisis del texto de Óscar Suárez plantea un debate crucial sobre los roles parentales y cómo deben equilibrarse autoridad y afecto en la crianza de los hijos. La idea central gira en torno a la imposibilidad de que los padres sean, al mismo tiempo, amigos en el sentido más pleno del término. A continuación, se desglosan los principales puntos de reflexión expuestos en el texto:

1. La amistad y la desigualdad de roles

  • Amistad entre iguales: Según Suárez, la amistad se basa en una relación entre iguales, donde ambas partes tienen el mismo nivel de autoridad y responsabilidades. En la relación padre-hijo, esto no es posible porque el padre tiene un rol superior como guía, modelo y proveedor de normas.
  • Distancia generacional y jerarquía: La diferencia de edad y experiencia coloca al padre en una posición que debe mantenerse, no para generar distancia emocional, sino para cumplir con su función de tutor y formador.

2. Complicidad y límites en la amistad

  • Complicidad limitada: Mientras que los amigos pueden encubrirse mutuamente o mantener secretos, los padres tienen la responsabilidad de corregir y establecer límites. Esta relación no permite la complicidad ilimitada que caracteriza a los amigos.
  • Normas y correcciones: El autor enfatiza que los padres no pueden "alcahuetear" comportamientos inapropiados porque esto genera la falta de normas, lo que puede tener graves consecuencias en la formación del carácter de los hijos.

3. Dependencia y autoridad

  • Rol de autoridad: Los padres deben ser la figura de referencia en cuanto a normas y disciplina. Según Suárez, la ausencia de autoridad en el hogar puede generar consecuencias graves, como inseguridad, desobediencia, y en casos extremos, conductas delictivas.
  • Sensación de seguridad: La presencia de normas y límites da al hijo un marco de seguridad psicológica y emocional. Esto no significa autoritarismo, sino firmeza con afecto.

4. Afabilidad y cercanía no excluyen la autoridad

  • Padres amistosos, no amigos: Se puede ser un padre cariñoso, cercano y afectuoso sin perder la autoridad. Esto implica escuchar a los hijos, dialogar y ser empático, pero sin ceder el rol de guía y protector.
  • Dilema de los padres modernos: Muchos padres buscan ser “chéveres” o populares entre sus hijos y sus amigos, lo que a veces lleva a la renuncia de su rol disciplinario. Esto puede derivar en un hogar sin límites claros y con consecuencias negativas tanto para los hijos como para los padres.

5. Cultura actual y rechazo a la autoridad

  • Resistencia al envejecimiento y la autoridad: Suárez observa una tendencia cultural en la que los adultos evitan asumir roles maduros, incluyendo el de ser figuras de autoridad en sus familias, a favor de mantener una imagen juvenil y despreocupada.
  • El desgaste de educar: Ser un padre que impone normas y disciplina puede generar conflictos y rechazo por parte de los hijos, pero es una responsabilidad inherente al rol parental.

6. Consecuencias de renunciar al rol parental

  • Hijos sin límites: Un padre que abdica de su rol disciplinario y permite conductas irresponsables puede contribuir a consecuencias graves, como embarazos no deseados, adicciones o comportamientos antisociales.
  • La otra cara de la moneda: Asumir el rol de autoridad implica aceptar el descontento momentáneo de los hijos, pero a largo plazo, fomenta adultos responsables y con valores sólidos.

 

 

 

 

miércoles, 7 de octubre de 2026

LAS VOCES QUE ME ACOMPAÑARON LA VIDA

 



LAS VOCES QUE ME ACOMPAÑARON LA VIDA

Memorias de un psicólogo que aprendió a escuchar

He dedicado buena parte de mi vida profesional a escuchar a las personas.

He escuchado a adolescentes que no sabían cómo expresar lo que sentían en el colegio politécnico de Palmira, a enfermos terminales en la clínica del seguro social de Palmira, a familias enfrentadas por conflictos que parecían imposibles de resolver en la comisaria de familia de Palmira, a personas que habían tocado fondo y a otras que buscaban una oportunidad para comenzar de nuevo en la penitenciaría nacional de Palmira.

También he escrito nueve libros. Se encuentran en diez países de Latinoamérica

Pero hay algo que ningún libro me ha enseñado de la misma manera que la vida: que escuchar al ser humano exige mucho más que oír sus palabras.

Hay que escuchar sus silencios.

Sus contradicciones.

Sus miedos.

Lo que dice y también aquello que todavía no puede decir.

Por eso, cuando pienso en el alcohólico que permanece sentado en una reunión mientras otro compañero habla, no pienso que está simplemente esperando su turno.

Pienso que posiblemente está haciendo un trabajo interior.

Quizá está recordando.

Quizá está comparando.

Quizá está llorando por dentro.

Quizá está encontrando una respuesta.

Quizá está luchando contra el deseo de beber.

Quizá está descubriendo que no está solo.

O quizá, simplemente, está tratando de llegar sobrio al día siguiente.

Y eso también merece respeto.

Porque algunas veces la recuperación no comienza con una gran decisión.

Comienza con algo mucho más pequeño.

Sentarse.

Guardar silencio.

Y escuchar.

Escuchar a otro alcohólico puede ser escuchar una parte de la propia historia.

Puede ser reconocer una herida que permanecía escondida.

Puede ser encontrar una palabra para aquello que no se sabía nombrar.

Puede ser recordar por qué se llegó.

Puede ser descubrir que todavía existe esperanza.

Y en determinadas noches, cuando todo parece demasiado difícil, puede ser sencillamente la razón por la cual alguien decide no tomar el primer trago.

Después de tantos años de profesión y de tantos años observando de cerca el fenómeno de las adicciones, sigo creyendo que hay momentos en los que una palabra puede ayudar.

Pero también sigo creyendo que hay momentos en los que el silencio de alguien que escucha puede decir mucho más.

Porque escuchar no es estar vacío.

Escuchar es abrir un espacio.

Y algunas vidas comienzan a cambiar precisamente cuando encuentran un espacio donde, por primera vez en mucho tiempo, alguien no les exige que demuestren nada.

Solo les permite estar allí.

Y escuchar.

 

OSCAR SUAREZ

 

martes, 6 de octubre de 2026

 





Diez razones por las que un alcohólico escucha en una reunión

Hay silencios que dicen mucho.

Lo he aprendido durante mis 33 años de ejercicio profesional de la psicología, pero también lo aprendí escuchando a hombres y mujeres que, en algún momento de sus vidas, llegaron a una reunión de Alcohólicos Anónimos buscando algo que muchas veces ni siquiera sabían cómo llamar.

He tenido la oportunidad de conocer el alcoholismo desde diferentes escenarios: desde la psicología, desde el trabajo con personas y familias, desde la experiencia profesional, desde el servicio durante seis años como Custodio Clase A de la Comunidad de Alcohólicos Anónimos. Lo estoy haciendo ahora en mi trabajo como director de Prevención Eficaz SAS

Por eso, cuando observo a un alcohólico sentado en una reunión, escuchando mientras otro compañero habla, no veo simplemente a alguien que permanece callado.

Veo a una persona que posiblemente está librando una conversación profunda consigo misma.

Porque en Alcohólicos Anónimos se habla mucho, pero también se aprende mucho escuchando.

Y quizá una de las razones por las cuales una reunión puede llegar tan profundamente al corazón de un alcohólico es porque allí no escucha solamente las palabras de otro. Muchas veces escucha su propia historia contada por una voz diferente.

1. Escucha porque, de pronto, encuentra su propia historia en la historia de otro

El recién llegado suele pensar que nadie puede entender lo que le ocurre.

“Mi caso es diferente”.

Esa frase aparece con frecuencia en quienes todavía están intentando comprender qué ha sucedido con sus vidas.

Hasta que alguien comienza a hablar.

Y cuenta algo que parecía imposible que otra persona conociera.

Habla de las promesas hechas a la familia. De las veces que aseguró que aquella sería la última copa. De las noches que terminaron mal. De la vergüenza del día siguiente. De las disculpas que dejaron de ser suficientes. De esa extraña mezcla de querer dejar de beber y, al mismo tiempo, sentir que no se puede vivir sin hacerlo.

Entonces el que escucha descubre algo.

Tal vez no ha vivido exactamente la misma historia, pero conoce la emoción.

Y aparece una frase silenciosa dentro de él:

“Eso también me pasó a mí”. Esa es mi historia. Talvez mi familia me delato con estas personas

A veces la identificación es el primer puente hacia la recuperación.

2. Escucha porque descubre que no está solo

El alcoholismo puede producir una de las soledades más profundas.

No necesariamente porque falten personas alrededor.

Alguien puede dormir al lado de su esposa o esposo, vivir con sus hijos, trabajar todos los días, tener amigos y aun así sentirse completamente solo.

Hay pensamientos que no se atreve a contar.

Hay recuerdos que le avergüenzan.

Hay comportamientos que quisiera borrar.

Y hay preguntas que lleva mucho tiempo haciéndose.

En una reunión descubre que existen otros seres humanos que han conocido algunos de esos mismos lugares oscuros.

No tiene que explicar demasiado.

A veces basta con escuchar.

Y entonces ocurre algo sencillo, pero poderoso: deja de sentirse un caso único. Sale de la soledad de la incomprensión.

3. Escucha porque aprende de la experiencia y no solamente de las palabras

Una persona puede recibir muchos consejos durante su vida.

Pero hay una diferencia enorme entre escuchar un consejo y escuchar a alguien que ha vivido aquello de lo que está hablando.

El alcohólico que cuenta cómo enfrentó una dificultad sin beber no está dictando una conferencia. No es un psicólogo ni un terapeuta

Está compartiendo una experiencia. Y lo hace desde su corazón para que otro corazón lo reciba

Y quien escucha puede encontrar allí una posibilidad.

“Si él pudo pasar por eso sin tomar, quizá yo también pueda”.

La recuperación muchas veces se construye de esa manera: observando a otros, escuchando sus experiencias y descubriendo que existen caminos que antes parecían imposibles. Ese es el lenguaje del corazón del cual hablaba el fundador de AA-William Griffith Wilson

4. Escucha porque empieza a reconocer lo que siente

Durante años, muchas personas han aprendido a esconder sus emociones detrás del alcohol.

La tristeza se convierte en rabia.

El miedo se transforma en agresividad.

La soledad se disfraza de indiferencia.

La frustración busca una botella.

En una reunión, mientras otra habla, el alcohólico puede comenzar a reconocer algo que durante mucho tiempo permaneció sin nombre.

“Yo también tengo miedo”.

“Yo también estoy resentido”.

“Yo también estoy triste”.

Parece sencillo, pero psicológicamente es un paso importante.

Porque aquello que no podemos reconocer difícilmente podemos trabajarlo. Por eso la frase de Carl Gustav Jung Lo que aceptas te trasforma y lo que niegas te somete

 5. Escucha porque no siempre quiere escuchar, pero necesita hacerlo

Hay palabras que acarician y palabras que incomodan. Hay palabras que construyen y hay palabras que destruyen

Las segundas también pueden ser necesarias.

En una reunión puede escuchar a alguien hablar de responsabilidad, honestidad, resentimientos, soberbia, miedo o de la necesidad de cambiar.

Y quizá alguna de esas palabras le moleste.

Tal vez quisiera que el problema siempre estuviera en los demás.

En la pareja.

En los hijos.

En el jefe.

En la sociedad.

En los padres.

Pero llega un momento en que comienza a comprender que recuperarse no significa solamente dejar de beber.

También significa comenzar a mirarse por dentro.

Y mirarse de verdad no siempre resulta agradable.

Dejar de culpar a los demás

6. Escucha para no olvidar quién fue y por qué llegó

El tiempo tiene una característica peligrosa.

Puede hacer que los recuerdos pierdan intensidad.

Con los meses o los años, algunas personas empiezan a recordar las cosas agradables asociadas al alcohol y olvidan las consecuencias.

Recuerdan la fiesta, pero olvidan la discusión.

Recuerdan la alegría, pero olvidan la vergüenza.

Recuerdan la copa, pero olvidan la mañana siguiente.

Entonces alguien cuenta su historia.

Y algo vuelve.

Un recuerdo.

Una sensación.

Una escena.

Una noche.

Una pérdida.

La memoria de aquello que alguna vez hizo que buscara ayuda. Aquello que no se registró porque fue una laguna mental o blockout

Por eso escuchar también puede ser una forma de recordar.

Recordar no para vivir atrapado en el pasado, sino para no regresar a él. Recordar la última borrachera y sentir que se tocó fondo

7. Escucha porque descubre que la vida no tiene que ser perfecta para poder vivirla sobrio

Una de las grandes pruebas de la recuperación aparece cuando la vida vuelve a presentar problemas. Ya la vida se vive sin la anestesia del alcohol

Porque dejar de beber no significa que desaparezcan las dificultades.

La muerte de un ser querido puede llegar.

Una relación puede terminar.

El dinero puede faltar.

Un hijo puede causar preocupación.

Puede aparecer una enfermedad.

Puede haber una injusticia.

Puede llegar un día triste.

Y entonces aparece la antigua pregunta:

“¿Y ahora qué hago con todo esto?”

Escuchar a otros puede mostrarle una respuesta que antes desconocía.

Se puede sufrir sin beber.

Se puede llorar sin beber.

Se puede sentir rabia sin beber.

Se puede perder y continuar viviendo.

No se trata de negar el dolor.

Se trata de descubrir que el dolor no necesariamente tiene que conducir nuevamente a la botella.

8. Escucha porque comienza a descubrir el valor de la humildad

El alcoholismo puede levantar muchas defensas.

“Yo controlo”.

“Yo puedo dejarlo cuando quiera”.

“Los demás exageran”.

“Mi problema no es tan grave”.

Son frases que pueden proteger durante un tiempo una imagen que la realidad ya comenzó a destruir.

Escuchar es diferente.

Cuando una persona escucha verdaderamente, deja por unos minutos la necesidad de tener la razón. Deja que las defensas yoicas desaparezcan al menos por ese momento.

No necesita demostrar que sabe.

No necesita convencer.

No necesita justificar.

Simplemente permanece allí. Sin máscaras.

Y en ese silencio puede comenzar a aparecer algo muy valioso: la humildad necesaria para reconocer que quizá todavía tiene mucho que aprender. Inicia la aceptación.

9. Escucha porque algún día comprende que también puede ayudar a otro

Hay algo hermoso en la recuperación.

El hombre o la mujer que un día llegó buscando ayuda puede terminar siendo, con el tiempo, alguien cuya sola presencia representa esperanza para otro.

Quizá ya no recuerda exactamente qué dijo aquella primera persona que escuchó.

Pero recuerda que había alguien allí.

Alguien que llevaba años sin beber.

Alguien que había reconstruido su vida.

Alguien que sonreía.

Alguien que podía hablar de sus errores sin esconderse.

Y un día descubre que ahora puede ser él quien se siente al lado de un recién llegado.

Por eso escuchar también puede ser una forma de servicio.

No siempre hay que hablar para ayudar.

A veces basta con estar.

10. Escucha porque, en determinados momentos, escuchar puede significar aferrarse a la vida

Esta es quizá la razón que más me conmueve.

No porque una reunión sustituya la atención médica, psicológica o psiquiátrica cuando esta sea necesaria. No porque todas las historias tengan el mismo final.

Sino porque he aprendido, después de tantos años trabajando con seres humanos, que hay momentos en los que una persona necesita encontrar un lugar donde no sea juzgada inmediatamente por sus errores. Un lugar donde le dicen que es la persona más importante de esa reunión

Un lugar donde pueda sentarse.

Respirar.

Escuchar.

Y descubrir que alguien más pasó por algo parecido.

En ocasiones, cuando una persona todavía no encuentra razones suficientes para cambiar su vida, puede comenzar simplemente escuchando a quien ya encontró una razón para seguir adelante.

Y eso puede ser mucho.

Escuchar también es una manera de recuperarse

He dedicado buena parte de mi vida profesional a escuchar a las personas.

He escuchado a adolescentes que no sabían cómo expresar lo que sentían en el colegio politécnico de Palmira, a enfermos terminales en la clínica del seguro social de Palmira, a familias enfrentadas por conflictos que parecían imposibles de resolver en la comisaria de familia de Palmira, a personas que habían tocado fondo y a otras que buscaban una oportunidad para comenzar de nuevo en la penitenciaría nacional de Palmira.

También he escrito nueve libros. Se encuentran en diez países de Latinoamérica

Pero hay algo que ningún libro me ha enseñado de la misma manera que la vida: que escuchar al ser humano exige mucho más que oír sus palabras.

Hay que escuchar sus silencios.

Sus contradicciones.

Sus miedos.

Lo que dice y también aquello que todavía no puede decir.

Por eso, cuando pienso en el alcohólico que permanece sentado en una reunión mientras otro compañero habla, no pienso que está simplemente esperando su turno.

Pienso que posiblemente está haciendo un trabajo interior.

Quizá está recordando.

Quizá está comparando.

Quizá está llorando por dentro.

Quizá está encontrando una respuesta.

Quizá está luchando contra el deseo de beber.

Quizá está descubriendo que no está solo.

O quizá, simplemente, está tratando de llegar sobrio al día siguiente.

Y eso también merece respeto.

Porque algunas veces la recuperación no comienza con una gran decisión.

Comienza con algo mucho más pequeño.

Sentarse.

Guardar silencio.

Y escuchar.

Escuchar a otro alcohólico puede ser escuchar una parte de la propia historia.

Puede ser reconocer una herida que permanecía escondida.

Puede ser encontrar una palabra para aquello que no se sabía nombrar.

Puede ser recordar por qué se llegó.

Puede ser descubrir que todavía existe esperanza.

Y en determinadas noches, cuando todo parece demasiado difícil, puede ser sencillamente la razón por la cual alguien decide no tomar el primer trago.

Después de tantos años de profesión y de tantos años observando de cerca el fenómeno de las adicciones, sigo creyendo que hay momentos en los que una palabra puede ayudar.

Pero también sigo creyendo que hay momentos en los que el silencio de alguien que escucha puede decir mucho más.

Porque escuchar no es estar vacío.

Escuchar es abrir un espacio.

Y algunas vidas comienzan a cambiar precisamente cuando encuentran un espacio donde, por primera vez en mucho tiempo, alguien no les exige que demuestren nada.

Solo les permite estar allí.

Y escuchar.

 

OSCAR SUAREZ