INSTRUCCIONES PARA LA ESCUELA DE PADRES

Programa ESCUELA DE PADRES virtual

https://www.youtube.com/watch?v=sC2yZjs6Nps   Estimado padre de familia Ha ingresado usted al blog de: ESCUELA DE PADRES VIRTUAL Por. Oscar ...

martes, 6 de octubre de 2026

 





Diez razones por las que un alcohólico escucha en una reunión

Hay silencios que dicen mucho.

Lo he aprendido durante mis 33 años de ejercicio profesional como psicólogo, pero también lo aprendí escuchando a hombres y mujeres que, en algún momento de sus vidas, llegaron a una reunión de Alcohólicos Anónimos buscando algo que muchas veces ni siquiera sabían cómo nombrar.

He tenido la oportunidad de conocer el alcoholismo desde diferentes escenarios: desde la psicología, desde el trabajo con personas y familias, desde la experiencia profesional y también desde el servicio durante seis años como Custodio Clase A de la Comunidad de Alcohólicos Anónimos. Lo estoy haciendo ahora que soy director de Prevención Eficaz SAS

Por eso, cuando observo a un alcohólico sentado en una reunión, escuchando mientras otro compañero habla, no veo simplemente a alguien que permanece callado.

Veo a una persona que posiblemente está librando una conversación profunda consigo misma.

Porque en Alcohólicos Anónimos se habla mucho, pero también se aprende mucho escuchando.

Y quizá una de las razones por las cuales una reunión puede llegar tan profundamente al corazón de un alcohólico es porque allí no escucha solamente las palabras de otro. Muchas veces escucha su propia historia contada por una voz diferente.

1. Escucha porque, de pronto, encuentra su propia historia en la historia de otro

El recién llegado suele pensar que nadie puede entender lo que le ocurre.

“Mi caso es diferente”.

Esa frase aparece con frecuencia en quienes todavía están intentando comprender qué ha sucedido con sus vidas.

Hasta que alguien comienza a hablar.

Y cuenta algo que parecía imposible que otra persona conociera.

Habla de las promesas hechas a la familia. De las veces que aseguró que aquella sería la última copa. De las noches que terminaron mal. De la vergüenza del día siguiente. De las disculpas que dejaron de ser suficientes. De esa extraña mezcla de querer dejar de beber y, al mismo tiempo, sentir que no se puede vivir sin hacerlo.

Entonces el que escucha descubre algo.

Tal vez no ha vivido exactamente la misma historia, pero conoce la emoción.

Y aparece una frase silenciosa dentro de él:

“Eso también me pasó a mí”.

A veces la identificación es el primer puente hacia la recuperación.

2. Escucha porque descubre que no está solo

El alcoholismo puede producir una de las soledades más profundas.

No necesariamente porque falten personas alrededor.

Alguien puede dormir al lado de su esposa, vivir con sus hijos, trabajar todos los días, tener amigos y aun así sentirse completamente solo.

Hay pensamientos que no se atreve a contar.

Hay recuerdos que le avergüenzan.

Hay comportamientos que quisiera borrar.

Y hay preguntas que lleva mucho tiempo haciéndose.

En una reunión descubre que existen otros seres humanos que han conocido algunos de esos mismos lugares oscuros.

No tiene que explicar demasiado.

A veces basta con escuchar.

Y entonces ocurre algo sencillo, pero poderoso: deja de sentirse un caso único.

3. Escucha porque aprende de la experiencia y no solamente de las palabras

Una persona puede recibir muchos consejos durante su vida.

Pero hay una diferencia enorme entre escuchar un consejo y escuchar a alguien que ha vivido aquello de lo que está hablando.

El alcohólico que cuenta cómo enfrentó una dificultad sin beber no está dictando una conferencia.

Está compartiendo una experiencia. Y lo hace desde su corazón para que otro corazón lo reciba

Y quien escucha puede encontrar allí una posibilidad.

“Si él pudo pasar por eso sin tomar, quizá yo también pueda”.

La recuperación muchas veces se construye de esa manera: observando a otros, escuchando sus experiencias y descubriendo que existen caminos que antes parecían imposibles. Ese es el lenguaje del corazón

4. Escucha porque empieza a reconocer lo que siente

Durante años, algunas personas han aprendido a esconder sus emociones detrás del alcohol.

La tristeza se convierte en rabia.

El miedo se transforma en agresividad.

La soledad se disfraza de indiferencia.

La frustración busca una botella.

En una reunión, mientras otra habla, el alcohólico puede comenzar a reconocer algo que durante mucho tiempo permaneció sin nombre.

“Yo también tengo miedo”.

“Yo también estoy resentido”.

“Yo también estoy triste”.

Parece sencillo, pero psicológicamente es un paso importante.

Porque aquello que no podemos reconocer difícilmente podemos trabajarlo. Por eso la frase de Carl Gustav Jung Lo que aceptas te trasforma y lo que niegas te somete

5. Escucha porque no siempre quiere escuchar, pero necesita hacerlo

Hay palabras que acarician y palabras que incomodan. Hay palabras que construyen y hay palabras que destruyen

Las segundas también pueden ser necesarias.

En una reunión puede escuchar a alguien hablar de responsabilidad, honestidad, resentimientos, soberbia, miedo o de la necesidad de cambiar.

Y quizá alguna de esas palabras le moleste.

Tal vez quisiera que el problema siempre estuviera en los demás.

En la pareja.

En los hijos.

En el jefe.

En la sociedad.

En los padres.

Pero llega un momento en que comienza a comprender que recuperarse no significa solamente dejar de beber.

También significa comenzar a mirarse por dentro.

Y mirarse de verdad no siempre resulta agradable.

Dejar de culpar a los demas

6. Escucha para no olvidar quién fue y por qué llegó

El tiempo tiene una característica peligrosa.

Puede hacer que los recuerdos pierdan intensidad.

Con los meses o los años, algunas personas empiezan a recordar las cosas agradables asociadas al alcohol y olvidan las consecuencias.

Recuerdan la fiesta, pero olvidan la discusión.

Recuerdan la alegría, pero olvidan la vergüenza.

Recuerdan la copa, pero olvidan la mañana siguiente.

Entonces alguien cuenta su historia.

Y algo vuelve.

Un recuerdo.

Una sensación.

Una escena.

Una noche.

Una pérdida.

La memoria de aquello que alguna vez hizo que buscara ayuda.

Por eso escuchar también puede ser una forma de recordar.

Recordar no para vivir atrapado en el pasado, sino para no regresar a él.

7. Escucha porque descubre que la vida no tiene que ser perfecta para poder vivirla sobrio

Una de las grandes pruebas de la recuperación aparece cuando la vida vuelve a presentar problemas. Ya la vida se vive sin la anestesia del alcohol

Porque dejar de beber no significa que desaparezcan las dificultades.

La muerte de un ser querido puede llegar.

Una relación puede terminar.

El dinero puede faltar.

Un hijo puede causar preocupación.

Puede aparecer una enfermedad.

Puede haber una injusticia.

Puede llegar un día triste.

Y entonces aparece la antigua pregunta:

“¿Y ahora qué hago con todo esto?”

Escuchar a otros puede mostrarle una respuesta que antes desconocía.

Se puede sufrir sin beber.

Se puede llorar sin beber.

Se puede sentir rabia sin beber.

Se puede perder y continuar viviendo.

No se trata de negar el dolor.

Se trata de descubrir que el dolor no necesariamente tiene que conducir nuevamente a la botella.

8. Escucha porque comienza a descubrir el valor de la humildad

El alcoholismo puede levantar muchas defensas.

“Yo controlo”.

“Yo puedo dejarlo cuando quiera”.

“Los demás exageran”.

“Mi problema no es tan grave”.

Son frases que pueden proteger durante un tiempo una imagen que la realidad ya comenzó a destruir.

Escuchar es diferente.

Cuando una persona escucha verdaderamente, deja por unos minutos la necesidad de tener la razón.

No necesita demostrar que sabe.

No necesita convencer.

No necesita justificar.

Simplemente permanece allí.

Y en ese silencio puede comenzar a aparecer algo muy valioso: la humildad necesaria para reconocer que quizá todavía tiene mucho que aprender. Inicia la aceptación.

9. Escucha porque algún día comprende que también puede ayudar a otro

Hay algo hermoso en la recuperación.

El hombre o la mujer que un día llegó buscando ayuda puede terminar siendo, con el tiempo, alguien cuya sola presencia representa esperanza para otro.

Quizá ya no recuerda exactamente qué dijo aquella primera persona que escuchó.

Pero recuerda que había alguien allí.

Alguien que llevaba años sin beber.

Alguien que había reconstruido su vida.

Alguien que sonreía.

Alguien que podía hablar de sus errores sin esconderse.

Y un día descubre que ahora puede ser él quien se siente al lado de un recién llegado.

Por eso escuchar también puede ser una forma de servicio.

No siempre hay que hablar para ayudar.

A veces basta con estar.

10. Escucha porque, en determinados momentos, escuchar puede significar aferrarse a la vida

Esta es quizá la razón que más me conmueve.

No porque una reunión sustituya la atención médica, psicológica o psiquiátrica cuando esta sea necesaria. No porque todas las historias tengan el mismo desenlace.

Sino porque he aprendido, después de tantos años trabajando con seres humanos, que hay momentos en los que una persona necesita encontrar un lugar donde no sea juzgada inmediatamente por sus errores.

Un lugar donde pueda sentarse.

Respirar.

Escuchar.

Y descubrir que alguien más pasó por algo parecido.

En ocasiones, cuando una persona todavía no encuentra razones suficientes para cambiar su vida, puede comenzar simplemente escuchando a quien ya encontró una razón para seguir adelante.

Y eso puede ser mucho.

Escuchar también es una manera de recuperarse

He dedicado buena parte de mi vida profesional a escuchar a las personas.

He escuchado a adolescentes que no sabían cómo expresar lo que sentían, a familias enfrentadas por conflictos que parecían imposibles de resolver, a personas que habían tocado fondo y a otras que buscaban una oportunidad para comenzar de nuevo.

También he escrito nueve libros.

Pero hay algo que ningún libro me ha enseñado de la misma manera que la vida: que escuchar al ser humano exige mucho más que oír sus palabras.

Hay que escuchar sus silencios.

Sus contradicciones.

Sus miedos.

Lo que dice y también aquello que todavía no puede decir.

Por eso, cuando pienso en el alcohólico que permanece sentado en una reunión mientras otro compañero habla, no pienso que está simplemente esperando su turno.

Pienso que posiblemente está haciendo un trabajo interior.

Quizá está recordando.

Quizá está comparando.

Quizá está llorando por dentro.

Quizá está encontrando una respuesta.

Quizá está luchando contra el deseo de beber.

Quizá está descubriendo que no está solo.

O quizá, simplemente, está tratando de llegar sobrio al día siguiente.

Y eso también merece respeto.

Porque algunas veces la recuperación no comienza con una gran decisión.

Comienza con algo mucho más pequeño.

Sentarse.

Guardar silencio.

Y escuchar.

Escuchar a otro alcohólico puede ser escuchar una parte de la propia historia.

Puede ser reconocer una herida que permanecía escondida.

Puede ser encontrar una palabra para aquello que no se sabía nombrar.

Puede ser recordar por qué se llegó.

Puede ser descubrir que todavía existe esperanza.

Y en determinadas noches, cuando todo parece demasiado difícil, puede ser sencillamente la razón por la cual alguien decide no tomar el primer trago.

Después de tantos años de profesión y de tantos años observando de cerca el fenómeno de las adicciones, sigo creyendo que hay momentos en los que una palabra puede ayudar.

Pero también sigo creyendo que hay momentos en los que el silencio de alguien que escucha puede decir mucho más.

Porque escuchar no es estar vacío.

Escuchar es abrir un espacio.

Y algunas vidas comienzan a cambiar precisamente cuando encuentran un espacio donde, por primera vez en mucho tiempo, alguien no les exige que demuestren nada.

Solo les permite estar allí.

Y escuchar.

 

viernes, 28 de agosto de 2026

MENSAJE PARA UNA CUIDADORA CUANDO SE ENFRENTA A LA PARTIDA

 



Para Orlanda Lozano, una cuidadora que hizo del amor una forma de vida

Hoy, al conocer la partida de tu hermano, siento que las palabras se quedan pequeñas frente a la dimensión de tu dolor. Y, sin embargo, necesito escribirte, porque hay silencios que también merecen ser acompañados.

Imagino la nostalgia que hoy se instala en tu casa,
el vacío que deja una presencia amada,
la soledad de las horas que ya no tendrán su voz,
y ese extraño silencio que queda cuando alguien a quien hemos cuidado durante tanto tiempo emprende el último viaje.

Porque tú no fuiste solamente su hermana.

Fuiste sus brazos cuando necesitó refugio,
su compañía cuando el mundo podía parecer demasiado grande,
su cuidado cuando la vida reclamaba paciencia,
su casa, su abrigo, su presencia.

Fuiste, de alguna manera misteriosa y hermosa,
una madre sin haberlo llevado en tus entrañas.

Y lo amaste como aman las madres:
sin condiciones, sin cálculos, sin preguntarte cuánto recibirías a cambio.

Me ha admirado siempre tu corazón.

Me ha conmovido esa manera tuya de entregarte a alguien que no nació de ti y, sin embargo, terminó habitando profundamente en tu vida. Lo acompañaste hasta hacer que la palabra discapacidad perdiera importancia frente a algo mucho más grande: su condición de ser humano, digno de amor, de ternura y de respeto.

Hoy la muerte ha venido a reclamar lo que ningún ser humano puede retener para siempre.

Se han cerrado sus días sobre esta tierra.

Y por más que quisiéramos detener el tiempo, por más que el amor quisiera convertirse en muralla, no podemos impedir la partida. Hay un momento en que debemos abrir las manos y dejar que quien amamos emprenda su último camino.

Pero hay algo que la muerte no puede llevarse:

el amor que le diste.

Ese permanece.

Permanece en cada recuerdo,
en cada cuidado,
en cada gesto,
en cada día en que hiciste más digna su existencia.

No soy quién para darte las gracias. Sería demasiado pretencioso arrogarme una gratitud que pertenece a todos quienes tuvimos la fortuna de conocerte y de saber de tu historia.

Pero permíteme decirlo una y otra vez:

Gracias.
Gracias.
Gracias, infinitamente.

Gracias por haber hecho digno —muy digno— el paso de tu hermano por esta tierra.

Gracias por haberlo colmado de amor.

Gracias por haberlo tratado no desde su discapacidad, sino desde su humanidad.

Gracias por enseñarnos que el amor verdadero no pregunta cuánto puede recibir.

Gracias por mostrarnos que el amor no necesita compartir la misma sangre para convertirse en familia.

Gracias por recordarnos que todavía existe la ternura.

Gracias por devolvernos, en tiempos donde tantas veces dudamos de los seres humanos, la certeza de que la bondad todavía existe.

Y gracias, sobre todo, por recordarnos algo que quizá nunca deberíamos olvidar:

que una vida no se mide solamente por los años que dura,
sino por el amor que alcanza a recibir mientras permanece.

Tu hermano se ha ido.

Pero no se ha ido vacío.

Se lleva —si es que algo puede llevarse de este mundo— la huella de haber sido profundamente amado.

Y tú te quedas con la herida inevitable de quien pierde a alguien amado, pero también con la certeza luminosa de haber hecho todo lo que el amor podía hacer.

Quizá algún día, cuando el dolor se vuelva más silencioso, puedas mirar hacia atrás y comprender que tu presencia fue para él una de las formas más hermosas que tuvo la vida para decirle:

“No estás solo.
Eres importante.
Eres digno de amor.
Tu vida vale.”

Hoy toca llorar.

Hoy toca extrañar.

Hoy toca aceptar, aunque el corazón se resista.

Pero también toca agradecer haber coincidido en esta vida con alguien a quien pudiste amar de esa manera.

Y cuando el dolor te haga pensar que todo terminó, recuerda esto:

la muerte puede llevarse una vida, pero jamás puede borrar el amor que esa vida dejó en nosotros.

Gracias, Orlanda, por enseñarnos con tu propia existencia que la humanidad todavía puede ser hermosa.

Y gracias por recordarnos, aun en medio de la despedida, que nunca, nunca, hay que perder la esperanza.

Óscar Suárez
Psicólogo y escritor

 

martes, 25 de agosto de 2026

HA MUERTO JAVIER GIRALDO MORENO, S.J.

 



JAVIER GIRALDO MORENO, S.J.

CUANDO LA VIDA SE HACE VOZ DE LOS QUE NO LA TIENEN

 

Por

OSCAR SUAREZ

Hay muertes que ocurren en silencio.

La de un hombre mayor podría parecer, a primera vista, una noticia más entre tantas. Una vida que llega a su ocaso, un corazón que finalmente se detiene, un nombre que comienza a ser pronunciado en pasado.

Pero hay hombres cuya muerte no cabe en una esquela.

Hay hombres que, al morir, dejan una ausencia que no es solamente personal, sino moral. Hombres cuya existencia fue una manera de preguntarles a los demás qué hicieron con el mundo que les fue confiado.

Hoy ha muerto Javier Giraldo Moreno, S.J.

Y quizá muchos no sepan quién fue.

Quizá para algunos solamente fue un sacerdote jesuita. Para otros, un intelectual. Para otros, un defensor de derechos humanos incómodo, persistente, irreverente frente a los poderes de turno.

Pero para quienes conocieron su trayectoria, Javier Giraldo fue algo mucho más difícil de encontrar:

un hombre que intentó vivir de acuerdo con aquello que decía creer.

Y eso, en un mundo acostumbrado a separar las palabras de los actos, es una forma extraordinaria de grandeza.

Los Evangelios dejaron escrita una frase que parece haber sido pronunciada pensando en hombres como él:

“Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.”
Mateo 5,10.

No sé si Javier Giraldo habría aceptado que alguien lo llamara bienaventurado.

Probablemente habría preferido que se hablara de aquellos a quienes dedicó su vida: los campesinos olvidados, las comunidades perseguidas, los desplazados, las víctimas, los pobres, los hombres y mujeres que no tenían micrófonos, abogados ni poder para defenderse.

Porque ese fue, quizás, el verdadero sentido de su sacerdocio.

No se conformó con hablar de los pobres.

Decidió ponerse del lado de ellos.

Desde sus primeros años como sacerdote en un barrio pobre de Bogotá comenzó a mirar Colombia desde abajo, desde el lugar donde casi nunca se escribe la historia: desde las víctimas.

Su formación intelectual fue extraordinaria. Filósofo, teólogo, especialista en análisis regional y con estudios en la Universidad de París, fue también decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Javeriana de Bogotá.

Pero su mayor universidad no estuvo en las aulas.

Estuvo en los caminos.

En los pueblos.

En las comunidades campesinas.

En los rostros de quienes habían perdido la tierra, la familia, la tranquilidad y, muchas veces, hasta el derecho a contar lo que les había ocurrido.

Trabajó con el CINEP y en 1988 participó en la creación de la Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz. Fue secretario para América Latina del Tribunal Permanente de los Pueblos durante la sesión dedicada a la impunidad y los crímenes contra la humanidad.

Investigó.

Escribió.

Denunció.

Acompañó.

Y, sobre todo, no guardó silencio.

Por eso incomodó.

Porque hay silencios que son cómodos y palabras que tienen un precio.

Javier Giraldo escogió las palabras que cuestan.

Las que pueden cerrar puertas.

Las que pueden provocar enemigos.

Las que pueden convertir a un sacerdote en un personaje incómodo para quienes prefieren que la Iglesia bendiga el poder antes que interpelarlo.

Fue crítico de la llamada Ley de Justicia y Paz y denunció vínculos que, según sus investigaciones, comprometían a estructuras paramilitares, sectores de las fuerzas armadas y poderes políticos.

Defendió comunidades de Cajamarca, Marmato, del entorno del Quimbo, del Páramo de Santurbán y de Buenaventura.

Estuvo exiliado.

Conoció la soledad de quien debe abandonar su tierra por defender aquello en lo que cree.

Y aun así regresó a la palabra.

A la memoria.

A la denuncia.

A las víctimas.

Fue integrante de la Comisión Histórica sobre el origen del conflicto y sus víctimas en el marco de las conversaciones de paz de La Habana.

Recibió reconocimientos internacionales por su defensa de los derechos humanos.

Pero quizá ninguno de esos premios explique realmente quién fue.

Porque los premios hablan de las instituciones que los conceden.

Las víctimas hablan de los hombres que estuvieron a su lado.

Y acaso allí esté la verdadera medida de Javier Giraldo.

Hay algo profundamente doloroso en la muerte de un hombre coherente.

Porque su partida deja un espejo.

Y cuando uno se mira en ese espejo puede sentir vergüenza.

Vergüenza de nuestras pequeñas comodidades.

De nuestras prudencias.

De nuestras palabras cuidadosamente escogidas para no incomodar a nadie.

De nuestra capacidad para contemplar la injusticia y seguir adelante como si nada estuviera ocurriendo.

Javier Giraldo, con su vida, nos hizo una pregunta que seguirá después de su muerte:

¿De qué sirve llamarnos cristianos si no somos capaces de ponernos al lado de quienes sufren?

Ésa quizá sea la razón por la cual su muerte no puede ser solamente un obituario.

Debe ser también una interpelación.

Porque algunos hombres mueren cuando el corazón deja de latir.

Otros continúan vivos mientras alguien recuerde aquello por lo que lucharon.

Y hay hombres cuya muerte incluso puede resultar incómoda para quienes, en vida, tuvieron razones para temerles.

Javier Giraldo perteneció a esa estirpe de sacerdotes que no hicieron del Evangelio un refugio para la tranquilidad personal, sino una obligación frente al dolor humano.

Fue, en ese sentido, un sacerdote incómodo.

Un sacerdote indiscreto.

Un sacerdote que no siempre supo —ni quiso— guardar silencio.

Y quizá precisamente por eso su voz fue necesaria.

No creo que su funeral necesite grandes galas.

Ni mitras.

Ni pompas.

Ni discursos solemnes pronunciados por quienes nunca caminaron los caminos que él caminó.

Hay hombres a quienes no les hace falta un funeral grandioso.

Les basta la memoria de quienes alguna vez encontraron en ellos una mano extendida.

Quizá Javier Giraldo pueda descansar finalmente sin tener que mirar hacia atrás.

Quizá pueda dejar por un instante la denuncia, la investigación, los expedientes, los nombres de los muertos, las historias de los desplazados, las voces de los campesinos y el dolor de tantas comunidades.

Quizá ahora pueda cerrar los ojos.

Y si existe ese cielo en el que tantas veces creyó, imagino que no habrá allí preguntas sobre sus títulos, sus libros, sus premios ni sus reconocimientos.

Tal vez solamente le pregunten:

¿Qué hiciste con los pobres que encontraste en tu camino?

Y entonces quizá Javier Giraldo pueda responder:

Estuve con ellos.

Los escuché.

Los acompañé.

Defendí su memoria.

Intenté prestarles mi voz cuando les quitaron la suya.

Y cuando me pidieron silencio, escogí hablar.

Entonces, tal vez, alguien le diga:

“Venid, benditos de mi Padre; tomad posesión del Reino preparado para vosotros.”

Porque hay muertes que son solamente el final de una vida.

Y hay otras que se convierten en una última lección.

La de Javier Giraldo Moreno, S.J., puede ser una de ellas.

Que descanse en paz el hombre que hizo de su fe una responsabilidad, de su inteligencia un instrumento de justicia y de su voz un refugio para quienes casi nunca fueron escuchados.

Y que nosotros, los que todavía permanecemos aquí, tengamos la honestidad de preguntarnos si alguna vez fuimos capaces de hacer, aunque fuera una pequeña parte, de aquello que él hizo durante toda una vida:

ponernos del lado de los que sufren.

Porque quizá ésa sea la única manera verdaderamente digna de despedir a un hombre que dedicó su vida a la justicia:

no solamente llorando su muerte, sino continuando la pregunta que deja