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sábado, 30 de mayo de 2026

MARCELA GOMEZ SEPULVEDA ,LA JOVEN HALLADA MUERTA EN UN COSTAL EN CALI

 




A MARCELA, A SU PADRE Y A TODOS LOS PADRES QUE TIENEN UNA HIJA COMO LUZ DE SUS OJOS

Dedicado al padre de Marcela Gómez

Hay dolores para los cuales el lenguaje parece insuficiente.

Existen noticias que fracturan el alma, que dividen la vida en un antes y un después, que convierten los días en una sucesión de preguntas sin respuesta y las noches en un territorio donde el recuerdo y la ausencia libran una batalla interminable.

La muerte de Marcela fue una de esas tragedias.

Durante varios días, su padre sostuvo una lucha silenciosa contra el miedo. En algún lugar de su corazón conservaba la esperanza de que aquella ausencia tuviera una explicación sencilla. Quería creer que su hija había pasado la noche con amigos, que había olvidado avisar, que en cualquier momento sonaría el teléfono y escucharía nuevamente su voz.

Porque los padres, incluso cuando la razón nos advierte del peligro, solemos aferrarnos a la esperanza.

Y él lo hizo.

Se negó a permitir que el fantasma de la tragedia ocupara por completo sus pensamientos. Quiso creer que su niña de 26 años, aquella muchacha rubia llena de sueños, aquella madre de un pequeño bebé, regresaría a casa.

Pero la realidad fue infinitamente más cruel.

El hallazgo de su cuerpo en un costal,frente a la estacion del transporte masivo Mio de Cali de la Rivera,  arrebató de un solo golpe todas las posibilidades de un final distinto.

Y entonces apareció el dolor.

Un dolor imposible de medir.

Un dolor que ningún padre debería conocer.

Porque no existe preparación para recibir una noticia semejante.

No existe entrenamiento emocional para comprender cómo alguien puede planear, ejecutar y consumar un acto de violencia tan extremo contra otro ser humano.

Resulta difícil entender cómo, en una época donde la humanidad habla de inteligencia artificial, de exploración espacial, de avances científicos capaces de cambiar el mundo, aún sobrevivan expresiones de crueldad capaces de degradar la vida humana hasta límites inimaginables.

¿Cómo puede coexistir tanto progreso con tanta barbarie?

¿Cómo puede una mente humana transformar a una joven llena de proyectos, sueños y esperanzas en víctima de una violencia tan devastadora?

Son preguntas que acompañarán por mucho tiempo a quienes la amaron.

Pero entre todas las personas golpeadas por esta tragedia, quizá nadie enfrenta una batalla interior tan profunda como su padre.

No sabe qué pesa más.

Si la soledad.

Si la tristeza.

Si la impotencia.

O la rabia que produce saber que alguien le arrebató para siempre a la niña que un día sostuvo entre sus brazos.

Porque para  nosotros los padres las hijas nunca dejan de ser pequeñas.

Pueden cumplir veinte, treinta o cincuenta años.

Pueden convertirse en profesionales, madres o esposas.

Pero siguen siendo aquellas niñas que corrían a abrazarnos.

Siguen siendo nuestras muñecas.

Nuestros tesoros.

La razón de muchas de nuestras luchas.

Y hoy ese padre enfrenta una realidad para la que nadie está preparado: despedir a una hija.Despues de una muerte atroz

Una realidad que parece contrariar el orden natural de la existencia.

Los padres nacemos creyendo que algún día serán nuestros hijos quienes nos acompañen hasta el final del camino.

No imaginamos que seremos nosotros quienes debamos acompañar a nuestros hijos hasta la última morada.

Por eso el dolor adquiere una dimensión distinta.

Porque no solo se pierde una vida.

También se pierden los sueños compartidos, los proyectos futuros, las conversaciones pendientes, los abrazos que jamás volverán a repetirse.

Como psicólogo, como padre de dos hijas, una mujer adulta y una adolescente que aún transita los caminos de la juventud, no puedo evitar imaginar la magnitud de ese sufrimiento.

Y precisamente por ser padre comprendo que detrás de cada noticia de violencia contra una mujer existe una familia que también queda herida.

Existe un padre que se pregunta qué pudo hacer diferente.

Existe una madre que revive una y otra vez los recuerdos de la infancia.

Existen hermanos, hijos y seres queridos tratando de comprender lo incomprensible.

Por eso hoy extiendo mi abrazo solidario a ese padre.

A ese hombre que probablemente se siente derrotado por momentos.

A ese hombre que enfrenta el silencio de una habitación vacía.

A ese hombre que aún espera escuchar unos pasos que nunca volverán.

Su dolor merece respeto.

Su duelo merece acompañamiento.

Y su amor por su hija merece ser recordado.

Pero también debemos permitir que esta tragedia nos deje una enseñanza.

La violencia contra la mujer no es un problema ajeno.

No es una estadística.

No es un titular pasajero.

Tiene nombre.

Tiene rostro.

Tiene familia.

Tiene consecuencias que perduran durante generaciones.

Cada mujer que pierde la vida por causa de la violencia deja detrás una cadena de sufrimiento que alcanza a padres, madres, hijos, hermanos y amigos.

Por eso la prevención debe convertirse en una responsabilidad colectiva.

Debemos enseñar a nuestras hijas a reconocer situaciones de riesgo, a buscar ayuda cuando se sientan vulnerables y a comprender que el autocuidado nunca es una muestra de miedo sino de sabiduría.

Debemos educar a nuestros hijos en el respeto, la empatía y la dignidad humana.

Debemos construir una sociedad donde ninguna mujer tenga que vivir con temor.

Y también debemos desarrollar una mayor sensibilidad hacia los padres que enfrentan estas pérdidas.

Porque quienes tenemos hijas sabemos que ellas son la luz de nuestros ojos.

Son la razón de innumerables esfuerzos.

Son la motivación para levantarnos cada mañana.

Son una parte de nuestra propia existencia caminando por el mundo.

Hoy, en medio del dolor, elevamos una oración por Marcela.

Por la pequeña hija que deja.

Por su familia.

Y especialmente por su padre.

Que encuentre fortaleza para seguir adelante.

Que encuentre personas capaces de acompañarlo en su sufrimiento.

Y que algún día, cuando el tiempo haya suavizado las heridas más profundas, pueda recordar a su hija no por la violencia que sufrió, sino por la alegría, los sueños y el amor que sembró durante su paso por esta vida.

Porque la violencia puede arrebatar una existencia.

Pero jamás podrá borrar el amor que una hija deja grabado para siempre en el corazón de su padre.