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viernes, 28 de agosto de 2026

MENSAJE PARA UNA CUIDADORA CUANDO SE ENFRENTA A LA PARTIDA

 



Para Orlanda Lozano, una cuidadora que hizo del amor una forma de vida

Hoy, al conocer la partida de tu hermano, siento que las palabras se quedan pequeñas frente a la dimensión de tu dolor. Y, sin embargo, necesito escribirte, porque hay silencios que también merecen ser acompañados.

Imagino la nostalgia que hoy se instala en tu casa,
el vacío que deja una presencia amada,
la soledad de las horas que ya no tendrán su voz,
y ese extraño silencio que queda cuando alguien a quien hemos cuidado durante tanto tiempo emprende el último viaje.

Porque tú no fuiste solamente su hermana.

Fuiste sus brazos cuando necesitó refugio,
su compañía cuando el mundo podía parecer demasiado grande,
su cuidado cuando la vida reclamaba paciencia,
su casa, su abrigo, su presencia.

Fuiste, de alguna manera misteriosa y hermosa,
una madre sin haberlo llevado en tus entrañas.

Y lo amaste como aman las madres:
sin condiciones, sin cálculos, sin preguntarte cuánto recibirías a cambio.

Me ha admirado siempre tu corazón.

Me ha conmovido esa manera tuya de entregarte a alguien que no nació de ti y, sin embargo, terminó habitando profundamente en tu vida. Lo acompañaste hasta hacer que la palabra discapacidad perdiera importancia frente a algo mucho más grande: su condición de ser humano, digno de amor, de ternura y de respeto.

Hoy la muerte ha venido a reclamar lo que ningún ser humano puede retener para siempre.

Se han cerrado sus días sobre esta tierra.

Y por más que quisiéramos detener el tiempo, por más que el amor quisiera convertirse en muralla, no podemos impedir la partida. Hay un momento en que debemos abrir las manos y dejar que quien amamos emprenda su último camino.

Pero hay algo que la muerte no puede llevarse:

el amor que le diste.

Ese permanece.

Permanece en cada recuerdo,
en cada cuidado,
en cada gesto,
en cada día en que hiciste más digna su existencia.

No soy quién para darte las gracias. Sería demasiado pretencioso arrogarme una gratitud que pertenece a todos quienes tuvimos la fortuna de conocerte y de saber de tu historia.

Pero permíteme decirlo una y otra vez:

Gracias.
Gracias.
Gracias, infinitamente.

Gracias por haber hecho digno —muy digno— el paso de tu hermano por esta tierra.

Gracias por haberlo colmado de amor.

Gracias por haberlo tratado no desde su discapacidad, sino desde su humanidad.

Gracias por enseñarnos que el amor verdadero no pregunta cuánto puede recibir.

Gracias por mostrarnos que el amor no necesita compartir la misma sangre para convertirse en familia.

Gracias por recordarnos que todavía existe la ternura.

Gracias por devolvernos, en tiempos donde tantas veces dudamos de los seres humanos, la certeza de que la bondad todavía existe.

Y gracias, sobre todo, por recordarnos algo que quizá nunca deberíamos olvidar:

que una vida no se mide solamente por los años que dura,
sino por el amor que alcanza a recibir mientras permanece.

Tu hermano se ha ido.

Pero no se ha ido vacío.

Se lleva —si es que algo puede llevarse de este mundo— la huella de haber sido profundamente amado.

Y tú te quedas con la herida inevitable de quien pierde a alguien amado, pero también con la certeza luminosa de haber hecho todo lo que el amor podía hacer.

Quizá algún día, cuando el dolor se vuelva más silencioso, puedas mirar hacia atrás y comprender que tu presencia fue para él una de las formas más hermosas que tuvo la vida para decirle:

“No estás solo.
Eres importante.
Eres digno de amor.
Tu vida vale.”

Hoy toca llorar.

Hoy toca extrañar.

Hoy toca aceptar, aunque el corazón se resista.

Pero también toca agradecer haber coincidido en esta vida con alguien a quien pudiste amar de esa manera.

Y cuando el dolor te haga pensar que todo terminó, recuerda esto:

la muerte puede llevarse una vida, pero jamás puede borrar el amor que esa vida dejó en nosotros.

Gracias, Orlanda, por enseñarnos con tu propia existencia que la humanidad todavía puede ser hermosa.

Y gracias por recordarnos, aun en medio de la despedida, que nunca, nunca, hay que perder la esperanza.

Óscar Suárez
Psicólogo y escritor

 

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