Para Orlanda Lozano, una cuidadora que hizo del
amor una forma de vida
Hoy, al conocer la partida de tu hermano, siento
que las palabras se quedan pequeñas frente a la dimensión de tu dolor. Y, sin
embargo, necesito escribirte, porque hay silencios que también merecen ser
acompañados.
Imagino
la nostalgia que hoy se instala en tu casa,
el vacío que deja una presencia amada,
la soledad de las horas que ya no tendrán su voz,
y ese extraño silencio que queda cuando alguien a quien hemos cuidado durante
tanto tiempo emprende el último viaje.
Porque tú
no fuiste solamente su hermana.
Fuiste
sus brazos cuando necesitó refugio,
su compañía cuando el mundo podía parecer demasiado grande,
su cuidado cuando la vida reclamaba paciencia,
su casa, su abrigo, su presencia.
Fuiste,
de alguna manera misteriosa y hermosa,
una madre sin haberlo llevado en tus entrañas.
Y lo
amaste como aman las madres:
sin condiciones, sin cálculos, sin preguntarte cuánto recibirías a cambio.
Me ha
admirado siempre tu corazón.
Me ha
conmovido esa manera tuya de entregarte a alguien que no nació de ti y, sin
embargo, terminó habitando profundamente en tu vida. Lo acompañaste hasta hacer
que la palabra discapacidad perdiera importancia frente a algo mucho más
grande: su condición de ser humano, digno de amor, de ternura y de respeto.
Hoy la
muerte ha venido a reclamar lo que ningún ser humano puede retener para
siempre.
Se han
cerrado sus días sobre esta tierra.
Y por más
que quisiéramos detener el tiempo, por más que el amor quisiera convertirse en
muralla, no podemos impedir la partida. Hay un momento en que debemos abrir las
manos y dejar que quien amamos emprenda su último camino.
Pero hay
algo que la muerte no puede llevarse:
el amor
que le diste.
Ese
permanece.
Permanece
en cada recuerdo,
en cada cuidado,
en cada gesto,
en cada día en que hiciste más digna su existencia.
No soy
quién para darte las gracias. Sería demasiado pretencioso arrogarme una
gratitud que pertenece a todos quienes tuvimos la fortuna de conocerte y de
saber de tu historia.
Pero
permíteme decirlo una y otra vez:
Gracias.
Gracias.
Gracias, infinitamente.
Gracias
por haber hecho digno —muy digno— el paso de tu hermano por esta tierra.
Gracias
por haberlo colmado de amor.
Gracias
por haberlo tratado no desde su discapacidad, sino desde su humanidad.
Gracias
por enseñarnos que el amor verdadero no pregunta cuánto puede recibir.
Gracias
por mostrarnos que el amor no necesita compartir la misma sangre para
convertirse en familia.
Gracias
por recordarnos que todavía existe la ternura.
Gracias
por devolvernos, en tiempos donde tantas veces dudamos de los seres humanos, la
certeza de que la bondad todavía existe.
Y
gracias, sobre todo, por recordarnos algo que quizá nunca deberíamos olvidar:
que una
vida no se mide solamente por los años que dura,
sino por el amor que alcanza a recibir mientras permanece.
Tu
hermano se ha ido.
Pero no
se ha ido vacío.
Se lleva
—si es que algo puede llevarse de este mundo— la huella de haber sido
profundamente amado.
Y tú te
quedas con la herida inevitable de quien pierde a alguien amado, pero también
con la certeza luminosa de haber hecho todo lo que el amor podía hacer.
Quizá
algún día, cuando el dolor se vuelva más silencioso, puedas mirar hacia atrás y
comprender que tu presencia fue para él una de las formas más hermosas que tuvo
la vida para decirle:
“No estás
solo.
Eres importante.
Eres digno de amor.
Tu vida vale.”
Hoy toca
llorar.
Hoy toca
extrañar.
Hoy toca
aceptar, aunque el corazón se resista.
Pero
también toca agradecer haber coincidido en esta vida con alguien a quien
pudiste amar de esa manera.
Y cuando
el dolor te haga pensar que todo terminó, recuerda esto:
la muerte
puede llevarse una vida, pero jamás puede borrar el amor que esa vida dejó en
nosotros.
Gracias,
Orlanda, por enseñarnos con tu propia existencia que la humanidad todavía puede
ser hermosa.
Y gracias
por recordarnos, aun en medio de la despedida, que nunca, nunca, hay que
perder la esperanza.
Óscar
Suárez
Psicólogo y escritor

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Gracias por capacitarse en la Escuela de Padres del Psicologo OSCAR SUAREZ