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martes, 25 de agosto de 2026

HA MUERTO JAVIER GIRALDO MORENO, S.J.

 



JAVIER GIRALDO MORENO, S.J.

CUANDO LA VIDA SE HACE VOZ DE LOS QUE NO LA TIENEN

 

Por

OSCAR SUAREZ

Hay muertes que ocurren en silencio.

La de un hombre mayor podría parecer, a primera vista, una noticia más entre tantas. Una vida que llega a su ocaso, un corazón que finalmente se detiene, un nombre que comienza a ser pronunciado en pasado.

Pero hay hombres cuya muerte no cabe en una esquela.

Hay hombres que, al morir, dejan una ausencia que no es solamente personal, sino moral. Hombres cuya existencia fue una manera de preguntarles a los demás qué hicieron con el mundo que les fue confiado.

Hoy ha muerto Javier Giraldo Moreno, S.J.

Y quizá muchos no sepan quién fue.

Quizá para algunos solamente fue un sacerdote jesuita. Para otros, un intelectual. Para otros, un defensor de derechos humanos incómodo, persistente, irreverente frente a los poderes de turno.

Pero para quienes conocieron su trayectoria, Javier Giraldo fue algo mucho más difícil de encontrar:

un hombre que intentó vivir de acuerdo con aquello que decía creer.

Y eso, en un mundo acostumbrado a separar las palabras de los actos, es una forma extraordinaria de grandeza.

Los Evangelios dejaron escrita una frase que parece haber sido pronunciada pensando en hombres como él:

“Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.”
Mateo 5,10.

No sé si Javier Giraldo habría aceptado que alguien lo llamara bienaventurado.

Probablemente habría preferido que se hablara de aquellos a quienes dedicó su vida: los campesinos olvidados, las comunidades perseguidas, los desplazados, las víctimas, los pobres, los hombres y mujeres que no tenían micrófonos, abogados ni poder para defenderse.

Porque ese fue, quizás, el verdadero sentido de su sacerdocio.

No se conformó con hablar de los pobres.

Decidió ponerse del lado de ellos.

Desde sus primeros años como sacerdote en un barrio pobre de Bogotá comenzó a mirar Colombia desde abajo, desde el lugar donde casi nunca se escribe la historia: desde las víctimas.

Su formación intelectual fue extraordinaria. Filósofo, teólogo, especialista en análisis regional y con estudios en la Universidad de París, fue también decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Javeriana de Bogotá.

Pero su mayor universidad no estuvo en las aulas.

Estuvo en los caminos.

En los pueblos.

En las comunidades campesinas.

En los rostros de quienes habían perdido la tierra, la familia, la tranquilidad y, muchas veces, hasta el derecho a contar lo que les había ocurrido.

Trabajó con el CINEP y en 1988 participó en la creación de la Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz. Fue secretario para América Latina del Tribunal Permanente de los Pueblos durante la sesión dedicada a la impunidad y los crímenes contra la humanidad.

Investigó.

Escribió.

Denunció.

Acompañó.

Y, sobre todo, no guardó silencio.

Por eso incomodó.

Porque hay silencios que son cómodos y palabras que tienen un precio.

Javier Giraldo escogió las palabras que cuestan.

Las que pueden cerrar puertas.

Las que pueden provocar enemigos.

Las que pueden convertir a un sacerdote en un personaje incómodo para quienes prefieren que la Iglesia bendiga el poder antes que interpelarlo.

Fue crítico de la llamada Ley de Justicia y Paz y denunció vínculos que, según sus investigaciones, comprometían a estructuras paramilitares, sectores de las fuerzas armadas y poderes políticos.

Defendió comunidades de Cajamarca, Marmato, del entorno del Quimbo, del Páramo de Santurbán y de Buenaventura.

Estuvo exiliado.

Conoció la soledad de quien debe abandonar su tierra por defender aquello en lo que cree.

Y aun así regresó a la palabra.

A la memoria.

A la denuncia.

A las víctimas.

Fue integrante de la Comisión Histórica sobre el origen del conflicto y sus víctimas en el marco de las conversaciones de paz de La Habana.

Recibió reconocimientos internacionales por su defensa de los derechos humanos.

Pero quizá ninguno de esos premios explique realmente quién fue.

Porque los premios hablan de las instituciones que los conceden.

Las víctimas hablan de los hombres que estuvieron a su lado.

Y acaso allí esté la verdadera medida de Javier Giraldo.

Hay algo profundamente doloroso en la muerte de un hombre coherente.

Porque su partida deja un espejo.

Y cuando uno se mira en ese espejo puede sentir vergüenza.

Vergüenza de nuestras pequeñas comodidades.

De nuestras prudencias.

De nuestras palabras cuidadosamente escogidas para no incomodar a nadie.

De nuestra capacidad para contemplar la injusticia y seguir adelante como si nada estuviera ocurriendo.

Javier Giraldo, con su vida, nos hizo una pregunta que seguirá después de su muerte:

¿De qué sirve llamarnos cristianos si no somos capaces de ponernos al lado de quienes sufren?

Ésa quizá sea la razón por la cual su muerte no puede ser solamente un obituario.

Debe ser también una interpelación.

Porque algunos hombres mueren cuando el corazón deja de latir.

Otros continúan vivos mientras alguien recuerde aquello por lo que lucharon.

Y hay hombres cuya muerte incluso puede resultar incómoda para quienes, en vida, tuvieron razones para temerles.

Javier Giraldo perteneció a esa estirpe de sacerdotes que no hicieron del Evangelio un refugio para la tranquilidad personal, sino una obligación frente al dolor humano.

Fue, en ese sentido, un sacerdote incómodo.

Un sacerdote indiscreto.

Un sacerdote que no siempre supo —ni quiso— guardar silencio.

Y quizá precisamente por eso su voz fue necesaria.

No creo que su funeral necesite grandes galas.

Ni mitras.

Ni pompas.

Ni discursos solemnes pronunciados por quienes nunca caminaron los caminos que él caminó.

Hay hombres a quienes no les hace falta un funeral grandioso.

Les basta la memoria de quienes alguna vez encontraron en ellos una mano extendida.

Quizá Javier Giraldo pueda descansar finalmente sin tener que mirar hacia atrás.

Quizá pueda dejar por un instante la denuncia, la investigación, los expedientes, los nombres de los muertos, las historias de los desplazados, las voces de los campesinos y el dolor de tantas comunidades.

Quizá ahora pueda cerrar los ojos.

Y si existe ese cielo en el que tantas veces creyó, imagino que no habrá allí preguntas sobre sus títulos, sus libros, sus premios ni sus reconocimientos.

Tal vez solamente le pregunten:

¿Qué hiciste con los pobres que encontraste en tu camino?

Y entonces quizá Javier Giraldo pueda responder:

Estuve con ellos.

Los escuché.

Los acompañé.

Defendí su memoria.

Intenté prestarles mi voz cuando les quitaron la suya.

Y cuando me pidieron silencio, escogí hablar.

Entonces, tal vez, alguien le diga:

“Venid, benditos de mi Padre; tomad posesión del Reino preparado para vosotros.”

Porque hay muertes que son solamente el final de una vida.

Y hay otras que se convierten en una última lección.

La de Javier Giraldo Moreno, S.J., puede ser una de ellas.

Que descanse en paz el hombre que hizo de su fe una responsabilidad, de su inteligencia un instrumento de justicia y de su voz un refugio para quienes casi nunca fueron escuchados.

Y que nosotros, los que todavía permanecemos aquí, tengamos la honestidad de preguntarnos si alguna vez fuimos capaces de hacer, aunque fuera una pequeña parte, de aquello que él hizo durante toda una vida:

ponernos del lado de los que sufren.

Porque quizá ésa sea la única manera verdaderamente digna de despedir a un hombre que dedicó su vida a la justicia:

no solamente llorando su muerte, sino continuando la pregunta que deja

 

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