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jueves, 16 de julio de 2026

Una sociedad que mata a sus ciudadanos porque es incapaz de aliviar su dolor

 



Una sociedad que mata a sus ciudadanos porque es incapaz de aliviar su dolor

Por Óscar Suárez

El pasado 15 de julio de 2026, Francia dio un paso histórico al aprobar la eutanasia y el suicidio asistido bajo determinadas condiciones. Con esta decisión se suma a otros países europeos como Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo y España, donde estas prácticas ya cuentan con un marco legal.

Más allá de las discusiones jurídicas o políticas, este hecho invita a una reflexión profunda sobre el rumbo que está tomando nuestra civilización y sobre la manera en que las sociedades contemporáneas están comprendiendo el sufrimiento humano.

Es innegable que nadie desea el dolor. La enfermedad, la dependencia, la pérdida de capacidades físicas o cognitivas, el sufrimiento psíquico y la proximidad de la muerte constituyen algunas de las experiencias más difíciles de la existencia. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos es si una sociedad verdaderamente desarrollada responde a esos dramas eliminando al que sufre o fortaleciendo todos los recursos posibles para aliviarlo, acompañarlo y dignificar su vida hasta el último instante.

Cada vez parece hacerse más frecuente la tendencia a disminuir la resistencia frente a las situaciones difíciles. En lugar de fortalecer la capacidad humana para afrontar la adversidad, se busca eliminar aquello que produce sufrimiento, incluso cuando ello implica terminar con la propia vida. Bajo el argumento de construir sociedades más civilizadas, respetuosas de la autonomía personal y del libre albedrío, la muerte comienza a presentarse como una alternativa legítima para resolver algunos de los dramas inevitables de la condición humana.

El problema es que, poco a poco, puede producirse un cambio cultural profundo. La muerte deja de ser un acontecimiento natural del ciclo de la vida para convertirse en una solución frente al sufrimiento. Y cuando una sociedad comienza a normalizar esa idea, el riesgo es que el umbral de tolerancia frente al dolor disminuya progresivamente.

Hoy se habla de enfermedades terminales; mañana podrían ampliarse las causales hacia enfermedades crónicas, discapacidades severas, sufrimientos psicológicos persistentes, soledad extrema o incluso el agotamiento propio de la vejez. La frontera ética puede ir desplazándose casi imperceptiblemente hasta el punto de considerar que determinadas vidas han perdido suficiente calidad como para justificar su final anticipado.

No se trata únicamente de un debate religioso o moral. Incluso desde una perspectiva humanista, psicológica y antropológica, vale la pena preguntarse qué mensaje estamos transmitiendo acerca del valor de la existencia humana.

La vejez nunca ha sido una enfermedad. Tampoco la dependencia o la vulnerabilidad son sinónimo de indignidad. Son etapas posibles de la condición humana que exigen solidaridad, redes de apoyo, cuidados paliativos de calidad, acompañamiento psicológico, atención médica integral y una cultura del cuidado.

Cuando una sociedad encuentra más sencillo ofrecer la muerte que garantizar esos apoyos, quizá el verdadero problema no sea el sufrimiento de quien solicita morir, sino la incapacidad colectiva para aliviar ese sufrimiento.

Como psicólogo, durante décadas he conocido personas que en determinados momentos manifestaron deseos intensos de morir. Muchas de ellas no buscaban realmente la muerte; buscaban que cesara un dolor físico, emocional o existencial que les parecía insoportable. Cuando recibieron atención adecuada, apoyo familiar, tratamiento oportuno y acompañamiento profesional, recuperaron el sentido de vivir.

Esto demuestra que el deseo de morir, en numerosas ocasiones, no es estable ni definitivo. Es la expresión extrema de un sufrimiento que puede modificarse cuando aparecen nuevas razones para vivir.

Existe además otro aspecto que merece especial atención: el mensaje que estas transformaciones culturales envían a las nuevas generaciones.

Vivimos en una época caracterizada por la inmediatez. Todo parece orientado hacia la rapidez, la comodidad y la obtención de resultados con el menor esfuerzo posible. La inteligencia artificial, aunque representa uno de los avances tecnológicos más extraordinarios de nuestra historia, también puede contribuir —si no se utiliza críticamente— a fortalecer la cultura del atajo, donde pensar menos, esperar menos y esforzarse menos parecen convertirse en virtudes.

Las nuevas generaciones crecen rodeadas de tecnologías que simplifican procesos, automatizan decisiones y reducen tiempos. Ese progreso es positivo en muchos aspectos. Sin embargo, también puede favorecer una menor tolerancia a la frustración y una creciente dificultad para afrontar los procesos largos, el dolor, la incertidumbre y la espera, elementos inseparables de toda existencia humana.

Si a esa cultura de la inmediatez se suma la idea de que incluso la muerte puede convertirse en una respuesta socialmente aceptable frente al sufrimiento, el riesgo es que terminemos debilitando uno de los pilares fundamentales de la salud mental: la capacidad de resiliencia.

La resiliencia no consiste en negar el dolor, sino en desarrollar recursos personales y sociales para enfrentarlo. Es precisamente en medio de las dificultades donde muchas personas descubren fortalezas que desconocían, reconstruyen vínculos, encuentran nuevos significados y transforman su propia historia.

Una sociedad verdaderamente humana no debería medir su grado de civilización únicamente por el reconocimiento de nuevas libertades individuales. También debería evaluarse por su capacidad para cuidar a quienes sufren, proteger a los más vulnerables, combatir la soledad, fortalecer la salud mental y garantizar que ninguna persona llegue a pensar que morir es su única alternativa.

El progreso no consiste simplemente en ampliar el catálogo de derechos relacionados con la muerte. El auténtico progreso consiste en construir comunidades capaces de hacer que la vida, incluso en medio del sufrimiento, siga siendo digna de ser vivida.

Quizá el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea aprender a facilitar la muerte, sino aprender nuevamente a acompañar la vida.

Porque una sociedad que termina ofreciendo la muerte como respuesta al sufrimiento corre el riesgo de convertirse, paradójicamente, en una sociedad que mata a sus ciudadanos porque ha renunciado a aliviar su dolor.

 

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Gracias por capacitarse en la Escuela de Padres del Psicologo OSCAR SUAREZ