A MARCELA, A SU PADRE Y A TODOS LOS PADRES QUE TIENEN UNA HIJA COMO LUZ DE SUS OJOS
Dedicado
al padre de Marcela Gómez
Hay
dolores para los cuales el lenguaje parece insuficiente.
Existen noticias que fracturan el alma, que dividen
la vida en un antes y un después, que convierten los días en una sucesión de
preguntas sin respuesta y las noches en un territorio donde el recuerdo y la
ausencia libran una batalla interminable.
La muerte
de Marcela fue una de esas tragedias.
Durante varios días, su padre sostuvo una lucha
silenciosa contra el miedo. En algún lugar de su corazón conservaba la
esperanza de que aquella ausencia tuviera una explicación sencilla. Quería
creer que su hija había pasado la noche con amigos, que había olvidado avisar,
que en cualquier momento sonaría el teléfono y escucharía nuevamente su voz.
Porque los padres, incluso cuando la razón nos advierte del peligro, solemos aferrarnos a la esperanza.
Y él lo
hizo.
Se negó a permitir que el fantasma de la tragedia
ocupara por completo sus pensamientos. Quiso creer que su niña de 26
años, aquella muchacha rubia llena de sueños, aquella madre de un pequeño bebé, regresaría a casa.
Pero la
realidad fue infinitamente más cruel.
El hallazgo de su cuerpo en un costal,frente a la estacion del transporte masivo Mio de Cali de la Rivera, arrebató de un solo golpe
todas las posibilidades de un final distinto.
Y
entonces apareció el dolor.
Un dolor
imposible de medir.
Un dolor
que ningún padre debería conocer.
Porque no
existe preparación para recibir una noticia semejante.
No existe entrenamiento emocional para comprender
cómo alguien puede planear, ejecutar y consumar un acto de violencia tan
extremo contra otro ser humano.
Resulta difícil entender cómo, en una época donde
la humanidad habla de inteligencia artificial, de exploración espacial, de
avances científicos capaces de cambiar el mundo, aún sobrevivan expresiones de
crueldad capaces de degradar la vida humana hasta límites inimaginables.
¿Cómo
puede coexistir tanto progreso con tanta barbarie?
¿Cómo puede una mente humana transformar a una
joven llena de proyectos, sueños y esperanzas en víctima de una violencia tan
devastadora?
Son
preguntas que acompañarán por mucho tiempo a quienes la amaron.
Pero entre todas las personas golpeadas por esta
tragedia, quizá nadie enfrenta una batalla interior tan profunda como su padre.
No sabe
qué pesa más.
Si la
soledad.
Si la
tristeza.
Si la
impotencia.
O la
rabia que produce saber que alguien le arrebató para siempre a la niña que un
día sostuvo entre sus brazos.
Porque
para nosotros los padres las hijas nunca
dejan de ser pequeñas.
Pueden
cumplir veinte, treinta o cincuenta años.
Pueden
convertirse en profesionales, madres o esposas.
Pero
siguen siendo aquellas niñas que corrían a abrazarnos.
Siguen
siendo nuestras muñecas.
Nuestros tesoros.
La razón
de muchas de nuestras luchas.
Y hoy ese
padre enfrenta una realidad para la que nadie está preparado: despedir a una
hija.Despues de una muerte atroz
Una
realidad que parece contrariar el orden natural de la existencia.
Los
padres nacemos creyendo que algún día serán nuestros hijos quienes nos acompañen hasta
el final del camino.
No
imaginamos que seremos nosotros quienes debamos acompañar a nuestros hijos hasta la última
morada.
Por eso
el dolor adquiere una dimensión distinta.
Porque no
solo se pierde una vida.
También
se pierden los sueños compartidos, los proyectos futuros, las conversaciones
pendientes, los abrazos que jamás volverán a repetirse.
Como psicólogo, como padre de dos hijas, una mujer
adulta y una adolescente que aún transita los caminos de la juventud, no puedo
evitar imaginar la magnitud de ese sufrimiento.
Y
precisamente por ser padre comprendo que detrás de cada noticia de violencia
contra una mujer existe una familia que también queda herida.
Existe un
padre que se pregunta qué pudo hacer diferente.
Existe
una madre que revive una y otra vez los recuerdos de la infancia.
Existen
hermanos, hijos y seres queridos tratando de comprender lo incomprensible.
Por eso
hoy extiendo mi abrazo solidario a ese padre.
A ese
hombre que probablemente se siente derrotado por momentos.
A ese
hombre que enfrenta el silencio de una habitación vacía.
A ese
hombre que aún espera escuchar unos pasos que nunca volverán.
Su dolor
merece respeto.
Su duelo
merece acompañamiento.
Y su amor
por su hija merece ser recordado.
Pero
también debemos permitir que esta tragedia nos deje una enseñanza.
La
violencia contra la mujer no es un problema ajeno.
No es una
estadística.
No es un
titular pasajero.
Tiene
nombre.
Tiene
rostro.
Tiene
familia.
Tiene
consecuencias que perduran durante generaciones.
Cada
mujer que pierde la vida por causa de la violencia deja detrás una cadena de
sufrimiento que alcanza a padres, madres, hijos, hermanos y amigos.
Por eso
la prevención debe convertirse en una responsabilidad colectiva.
Debemos enseñar a nuestras hijas a reconocer
situaciones de riesgo, a buscar ayuda cuando se sientan vulnerables y a
comprender que el autocuidado nunca es una muestra de miedo sino de sabiduría.
Debemos
educar a nuestros hijos en el respeto, la empatía y la dignidad humana.
Debemos
construir una sociedad donde ninguna mujer tenga que vivir con temor.
Y también
debemos desarrollar una mayor sensibilidad hacia los padres que enfrentan estas
pérdidas.
Porque
quienes tenemos hijas sabemos que ellas son la luz de nuestros ojos.
Son la
razón de innumerables esfuerzos.
Son la
motivación para levantarnos cada mañana.
Son una
parte de nuestra propia existencia caminando por el mundo.
Hoy, en
medio del dolor, elevamos una oración por Marcela.
Por la
pequeña hija que deja.
Por su
familia.
Y
especialmente por su padre.
Que
encuentre fortaleza para seguir adelante.
Que encuentre
personas capaces de acompañarlo en su sufrimiento.
Y que algún día, cuando el tiempo haya suavizado
las heridas más profundas, pueda recordar a su hija no por la violencia que
sufrió, sino por la alegría, los sueños y el amor que sembró durante su paso
por esta vida.
Porque la
violencia puede arrebatar una existencia.
Pero
jamás podrá borrar el amor que una hija deja grabado para siempre en el corazón
de su padre.
"Una reflexión profunda y conmovedora. Detrás de cada acto de violencia hay familias que quedan marcadas para siempre. Que Dios fortalezca a los padres, familiares y seres queridos de Marcela, y que su memoria inspire conciencia y respeto por la vida."🙌🏻💔
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