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martes, 17 de marzo de 2026

CATALINA GIRALDO pide un SUICIDIO ASISTIDO

 



Es el suicidio médicamente asistido una solución o una renuncia social?

Una reflexión desde la psicología clínica y la prevención del suicidio

Por Oscar Suárez, psicólogo con 33 años de experiencia en prevención del suicidio y tratamiento de adicciones, autor de varios libros, bloguero y conferencista

 

En los últimos años, el debate sobre la llamada “muerte digna” ha tomado fuerza en Colombia, especialmente a partir de casos como el de Catalina Giraldo. Su testimonio, profundamente humano y cargado de dolor, merece ser escuchado con respeto. Sin embargo, escuchar no implica necesariamente validar como solución definitiva aquello que, desde la evidencia clínica, representa una respuesta desesperada a un sufrimiento tratable.

Como profesional que ha dedicado más de tres décadas a trabajar con personas al borde del suicidio, debo afirmar con claridad: justificar el suicidio —incluso en su forma médicamente asistida— como una opción válida frente al sufrimiento psíquico, es una peligrosa distorsión ética, clínica y social.

Vivir no es fácil: el dolor es parte de la experiencia humana

Quien dijo que vivir es fácil. La existencia humana está atravesada por pérdidas, frustraciones, enfermedades, incertidumbre y, en muchos momentos, por una profunda sensación de vacío.

Todos, en mayor o menor medida, hemos experimentado alguna vez una especie de “náusea de la vida”: momentos en los que el sentido se difumina, en los que aparecen ideas de renuncia, incluso pensamientos de muerte.

Pero precisamente ahí radica una verdad fundamental de la psicología clínica:

La presencia del sufrimiento no invalida el valor de la vida, ni convierte la muerte en solución.

El dolor es real, pero la desesperanza no es irreversible

Catalina describe un vacío existencial profundo, una sensación de falta de sentido que incluso se manifiesta físicamente. Esta experiencia no debe minimizarse. Es, de hecho, una de las expresiones más severas del trastorno depresivo mayor y de los trastornos de personalidad.

Pero aquí es donde es fundamental hacer una distinción clínica:

Sentir que la vida no tiene sentido no significa que la vida realmente no lo tenga.

La psicopatología tiene la capacidad de alterar la percepción de la realidad. La depresión, en particular, distorsiona el pensamiento, reduce la capacidad de proyectarse en el futuro y genera una convicción errónea de que el sufrimiento es permanente e inmodificable.

Desde la psicología basada en evidencia, sabemos que:

  • Existen tratamientos de segunda y tercera línea aún no explorados en muchos casos.
  • Nuevos enfoques terapéuticos (como terapias basadas en trauma, terapias dialéctico-conductuales especializadas o intervenciones integrales) pueden generar cambios incluso tras múltiples fracasos previos.
  • La percepción de “ya intenté todo” suele ser una conclusión subjetiva influenciada por el estado emocional del paciente.

Aceptar el suicidio como solución en este contexto sería equivalente a validar la distorsión cognitiva como verdad absoluta.

El argumento del “cansancio” no puede ser el criterio para morir

Catalina afirma: “Estoy cansada”. Esta frase, frecuente en pacientes con sufrimiento crónico, debe ser interpretada clínicamente como un indicador de agotamiento emocional extremo, no como una evaluación racional y libre de la vida.

Si el cansancio se convierte en criterio suficiente para justificar la muerte, entonces estaríamos abriendo una puerta ética sumamente peligrosa:

  • ¿Cuántas personas con depresión severa podrían acogerse a este mismo argumento?
  • ¿Qué mensaje recibirían los miles de jóvenes que hoy luchan silenciosamente contra ideas suicidas?

El suicidio no puede convertirse en una respuesta institucional al agotamiento humano. La respuesta del Estado frente a la enfermedad mental o física no puede ser la muerte.
El deber del Estado y de la sociedad es ampliar las posibilidades de cuidado, acompañamiento y tratamiento.

 

La ilusión del “suicidio controlado” y sin daño

Uno de los argumentos más reiterados es que el suicidio médicamente asistido evitaría el trauma familiar de una muerte violenta o inesperada. Se presenta como una forma “más humana” de morir.

Sin embargo, esta idea encierra una falacia emocional:

No existe un suicidio sin impacto traumático para la familia.

Acompañar la muerte de un ser querido en estas condiciones no elimina el dolor; por el contrario, puede generar:

  • Culpa persistente (“¿pudimos hacer algo más?”)
  • Conflictos internos al haber validado la decisión
  • Duelo complicado, al no poder reconciliar el amor con la aceptación de la muerte elegida

El sufrimiento no desaparece por institucionalizar el acto. Solo cambia de forma.

Una renuncia preocupante: cuando incluso el saber clínico claudica

Hay un elemento especialmente inquietante en este caso: estamos ante una profesional de la salud mental.

Una psicóloga claudicando frente a la enfermedad mental de depresión y ansiedad no puede interpretarse simplemente como un acto de autonomía individual; también refleja el nivel de devastación que estas patologías pueden generar.

Pero precisamente por eso, el mensaje social debe ser profundamente cuidadoso.
Si incluso quienes han sido formados para comprender la mente humana terminan concluyendo que la salida es la muerte, el riesgo de contagio psicológico y desesperanza colectiva se incrementa.

Este no es un juicio sobre la persona. Es una alerta sobre el impacto simbólico de estas decisiones en una sociedad que ya lucha contra altos índices de suicidio.

El riesgo social: normalizar el suicidio como opción

Colombia registra cerca de 2.800 suicidios al año. En este contexto, legalizar y normalizar el suicidio asistido en casos de sufrimiento mental envía un mensaje profundamente preocupante:

Que hay vidas que dejan de ser dignas de ser vividas.

Esto contradice décadas de trabajo en salud mental orientadas a:

  • Prevenir el suicidio
  • Fortalecer la resiliencia
  • Promover el sentido de vida incluso en medio del dolor

Si como sociedad comenzamos a validar que el sufrimiento psicológico puede justificar la muerte, debilitamos todos los programas de prevención y abrimos la puerta a una peligrosa resignación colectiva.

La verdadera ayuda no es facilitar la muerte

Catalina afirma que está “pidiendo ayuda”. Y tiene razón. Pero es necesario cuestionar profundamente qué entendemos por ayuda.

Ayudar no es acortar la vida para evitar el dolor.
Ayudar es:

  • Permanecer cuando el otro quiere rendirse
  • Sostener cuando no hay fuerzas
  • Buscar alternativas incluso cuando parecen agotadas
  • Acompañar sin abandonar

Como lo expresé en mi carta a Martha Liria, la respuesta del Estado no puede ser la muerte.
Una sociedad verdaderamente humana no se mide por su capacidad de facilitar el final, sino por su compromiso con el cuidado en los momentos más oscuros.

Conclusión: defender la vida, incluso cuando duele

Este no es un debate sencillo ni cómodo. Implica reconocer el sufrimiento real de personas como Catalina, pero también tener la valentía ética de no convertir ese sufrimiento en argumento para la muerte.

Defender la vida no es negar el dolor.
Es afirmar que incluso en medio de él, existen posibilidades que aún no han sido completamente exploradas.

La historia clínica, la experiencia terapéutica y el acompañamiento humano nos enseñan algo fundamental:

Muchas personas que en algún momento quisieron morir, hoy agradecen no haberlo hecho.

Por ellas, por las que aún dudan, por las que están cansadas, y por las que vendrán, debemos sostener una postura clara:

El suicidio no es una solución terapéutica.
Es una renuncia social que no podemos aprender a llamar “derecho”.

 

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