Carta a la colega
Catalina Giraldo Silva
Estimada Catalina:
He leído tu historia y he escuchado con respeto la
profundidad de tu dolor. No escribo desde el juicio, sino desde la experiencia
de muchos años acompañando a personas que, como tú, han sentido que la vida
pesa demasiado, que el alma se agota y que el sentido parece desaparecer.
Pero también te escribo desde un lugar profundamente
personal: tengo una hija mayor que lleva tu mismo nombre. Y quizá por eso, al
leerte, no puedo evitar sentir que esta carta también nace desde un lugar de
padre, además de psicólogo.
Catalina, nadie dijo que
vivir fuera fácil. La vida, en muchos momentos, se vuelve cuesta arriba,
incomprensible, incluso insoportable. Todos los seres humanos, en algún punto,
hemos sentido esa especie de náusea de la vida, ese cansancio profundo, esa
ausencia de sentido que parece no tener salida. Lo que tú sientes no es ajeno a
la condición humana, aunque en tu caso haya alcanzado una intensidad
desgarradora.
Sé que has luchado. Sé que no ha sido por falta de
intentos. Sé que el cansancio del que hablas no es superficial, sino el
resultado de años de batallas internas. Y precisamente por eso, tu historia no
puede reducirse a una decisión final.
Tu dolor es real. Pero la desesperanza no es definitiva.
A lo largo de la historia
encontramos ejemplos profundamente humanos que nos recuerdan esto. William
Griffith Wilson padeció depresión severa, luchó contra el alcoholismo y
atravesó momentos de profunda desesperanza e ideas de muerte. Sin embargo, fue
precisamente desde ese abismo que surgió una de las iniciativas de ayuda más
grandes del mundo: Alcohólicos Anónimos. Su dolor no fue el final de su
historia; se transformó en un propósito que ha salvado millones de vidas.
Y es aquí donde quiero detenerme contigo, con respeto
pero con firmeza: la respuesta a ese dolor no puede ser la muerte.
No puede serlo para ti, y no puede serlo como mensaje
para una sociedad entera que hoy lucha por sostener la vida en medio del
sufrimiento. La respuesta del Estado, de la medicina y de la psicología no
puede ser acompañar la renuncia, sino fortalecer el cuidado.
Entiendo tu deseo de no hacer daño a tu familia, de
evitarles una escena violenta, de permitirles acompañarte. Ese amor que
expresas hacia ellos es profundamente valioso. Pero incluso en un escenario
“controlado”, tu ausencia dejará un vacío, preguntas, silencios difíciles de
sanar. El dolor no desaparece; solo cambia de forma.
Y permíteme decirte algo desde ese lugar de padre:
ninguna madre, ninguna hermana, ningún ser que te ame, está realmente preparado
para aprender a vivir sin ti.
También hay algo que no puedo
dejar de expresar: eres psicóloga. Has sido formada para comprender el
sufrimiento humano, para acompañar procesos, para sostener a otros en momentos
de oscuridad. Hoy eres tú quien necesita ser sostenida. Y no hay ninguna
vergüenza en eso. Pero tu historia, tu decisión, también habla a muchos otros
que te miran.
Este momento de tu vida,
aunque hoy lo sientas como un límite, podría convertirse en algo distinto.
Podría ser el punto de partida de un significado nuevo. En un país como
Colombia, donde muchos jóvenes viven atrapados en la desesperanza por la
ausencia de oportunidades, tu historia podría llegar a ser un testimonio
poderoso de resistencia, de lucha, de reconstrucción del sentido.
Podrías, incluso sin proponértelo hoy, inspirar a otros
a amar la vida en medio de la dificultad.
Te comparto también algo de mi camino: actualmente
trabajo en proyectos orientados a brindar ánimo y acompañamiento a quienes
cuidan a otros, personas que muchas veces se desgastan en silencio y sienten
que no pueden más. En ellos he aprendido algo que hoy quiero decirte con total
convicción: nunca hay que perder la esperanza, incluso cuando parece
que ya no queda nada.
Por eso, más allá de lo profesional, quiero hablarte
como si le hablara a mi propia hija:
Catalina, quédate un poco más.
No como una exigencia, sino como una posibilidad.
Quédate para explorar caminos que quizá aún no han sido recorridos del todo.
Quédate para permitirte ser acompañada de nuevas maneras.
Quédate porque incluso en medio del dolor, la vida sigue teniendo espacios que
aún no han sido descubiertos.
A lo largo de mi vida profesional he visto algo que
nunca deja de conmoverme: personas que en algún momento estuvieron convencidas
de que no podían continuar, tiempo después agradecen no haber tomado una
decisión definitiva.
No porque el dolor haya desaparecido por completo, sino
porque aprendieron a transitarlo de otra manera.
No te pido que tengas todas las respuestas hoy.
No te pido que dejes de sentir lo que sientes.
Solo te pido que no tomes una decisión irreversible en medio de un dolor que,
aunque profundo, puede transformarse.
Tu vida tiene valor, incluso ahora.
Tu historia no está terminada.
Y tu existencia, aunque hoy te parezca vacía, sigue teniendo un significado que
tal vez aún no alcanzas a ver.
Gracias por este día más de vida.
Con respeto, con humanidad y con esperanza,
OSCAR SUÁREZ
Psicólogo

