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jueves, 19 de febrero de 2026

El fenomeno THERIAN

 





Entre Humanizar o Animalizar: lo que nos está diciendo el fenómeno Therian

Por: Oscar Suárez, psicólogo
Autor de Papá acércate, soy adolescente

La adolescencia es el fenómeno psicológico de construcción de identidad adulta. Se ha dicho muchas veces que el producto final de este proceso es el YO adulto. Un momento donde el “¿quién soy?” no se responde con certezas, sino con pruebas, ensayos y, muchas veces, confusiones comprensibles.

Hoy estamos viendo un fenómeno que no puede abordarse ni desde la burla ni desde la validación automática. Existen adultos entre quienes presentan estas manifestaciones, sin embargo, me referiré especialmente a los adolescentes que conforman la mayoría de este fenómeno. Jóvenes que no solo sienten afinidad con animales, sino que afirman serlo

No como metáfora.
No como juego.
No como expresión estética.

Sino como identidad.Ahí está el punto que cambia todo.

Porque la humanidad siempre ha mirado hacia lo animal para comprenderse mejor. El lobo como símbolo de pertenencia, el felino como independencia, el caballo como libertad. En ese movimiento, el animal servía para humanizar la experiencia, para traducir emociones complejas en imágenes comprensibles.

Era un recurso simbólico.

Pero cuando el discurso pasa de:

👉 “me identifico con…”

a

👉 “yo soy…”

dejamos el terreno del símbolo y entramos en la literalidad. Entramos en la psicosis o locura

Y la literalidad no integra: reemplaza. Aquí aparece una tensión profunda que no es ideológica, sino psicológica:

¿Estamos usando lo animal para comprender lo humano?
¿O estamos desplazando lo humano hacia lo instintivo?

En otras palabras:

¿Estamos humanizando…
o comenzando a animalizar?

Esto no significa que cada joven que atraviesa estas expresiones esté desconectado de la realidad de forma estructural. Muchas veces, lo que hay detrás es algo mucho más cotidiano y silencioso:

  • soledad
  • dificultad para nombrar el malestar
  • experiencias de rechazo
  • sensación de no encajar en lo humano disponible

Lo animal aparece entonces como refugio:

no exige lenguaje complejo,
no exige contradicción,
no exige historia. No exige responsabilidad laboral ni compromisos académicos

Ser animal puede sentirse más simple que ser persona. Pero la adolescencia no necesita que le simplifiquen la identidad. Necesita que la acompañen a complejizarla. Que le acompañen a reconocerla en lo real

Hoy, sin embargo, muchos adultos han quedado atrapados en un dilema mal planteado: temen que orientar sea invalidar. Y así, acompañar comienza a confundirse con permitir.

Respetar, con no intervenir. Aceptar, con no diferenciar fantasía de realidad.

Pero el adolescente no solo necesita comprensión emocional. Necesita límites simbólicos que lo mantengan anclado a lo humano. Que lo mantengan en ubicación personal de tiempo, espacio y persona sana mentalmente.

Porque crecer implica integrar lo instintivo, no organizarse alrededor de ello.

Humanizar no es negar lo que el joven siente. Pero tampoco es confirmar toda autodefinición como si fuera una verdad incuestionable.

Humanizar es ayudar a traducir la experiencia en palabras, vínculos y proyectos.

Animalizar, en cambio, aparece cuando la identidad se repliega hacia lo pre-reflexivo, hacia lo que no necesita narrarse ni pensarse. Hacia el mundo de la locura o psicosis

El desafío actual no es reprimir la exploración adolescente.

Es algo más difícil:

permitir sin abandonar la orientación
validar sin renunciar a la realidad
acompañar sin disolver la función adulta

Porque el adolescente no solo busca ser entendido.

Busca —aunque no lo diga— referencias. Necesita la realidad

Y si el mundo adulto se retira por miedo a incomodar, el vacío no se llena con libertad. Se llena con desorientación. Crecer no consiste en elegir cualquier forma de ser.

Consiste en aprender a habitar la propia humanidad, incluso cuando resulta incómoda, contradictoria o dolorosa. QUIEN DIJO QUE VIVIR ERA FACIL

Esa sigue siendo, hoy más que nunca, una tarea compartida.

Y también una responsabilidad adulta que no podemos delegar en el algoritmo, la moda o la tendencia del momento.

Participemos activamente en el proceso en que nuestros adolescentes se conviertan en verdaderos ADULTOS

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lunes, 9 de febrero de 2026

MARCIAL MACIEL-EL LOBO DE DIOS

 

Por OSCAR SUAREZ

 

El Lobo Bajo el Altar: La Investigación que Rompe el Silencio”

Marcial Maciel. El lobo de Dios

 

Por OSCAR SUAREZ

 

El próximo miércoles 18 de febrero de 2026 a las 10 de la noche , Discovery Channel emitirá la serie documental “Marcial Maciel: El Lobo de Dios”, una producción que tuvo su estreno original en HBO y que ahora llega a la televisión abierta para una audiencia más amplia, debido a su alto valor investigativo y a la contundencia de sus testimonios. No se trata de una pieza de opinión ni de un relato sensacionalista: es una reconstrucción documental basada en fuentes, archivos, voces expertas y declaraciones directas de víctimas.

Quienes ya pudieron verla en su primera emisión coinciden en que se trata de una serie de gran calidad narrativa, con estructura probatoria sólida y tratamiento responsable del material testimonial. Participan víctimas principales —entre ellas un sacerdote mexicano— que aportan relatos clave para comprender la dimensión humana e institucional de los hechos investigados. La producción no busca el escándalo fácil, sino la comprensión profunda de un caso que marcó a la Iglesia contemporánea y abrió debates globales sobre autoridad, control y responsabilidad.

El documental vuelve a poner en primer plano un tema que nunca pierde vigencia: la obligación absoluta de proteger a niños, niñas y adolescentes, especialmente cuando son confiados a figuras de autoridad espiritual, educativa o moral. También expone la contradicción ética de líderes religiosos que predican valores elevados mientras sostienen conductas opuestas en su vida privada, fenómeno que el papa Francisco ha descrito como una fractura interior o “esquizofrenia moral”: una ruptura entre discurso y conducta.

Marcial Maciel, fundador de la congregación de los Legionarios de Cristo, construyó durante décadas una organización religiosa y educativa de alcance internacional, apoyada por sectores influyentes y con considerable poder económico. Bajo su liderazgo se consolidaron universidades, colegios y centros de formación en varios países, incluyendo México y España. La congregación incluía votos estrictos de obediencia, pobreza y castidad, y además un voto adicional excepcional: no cuestionar jamás la conducta del fundador. Ese elemento contribuyó a crear una estructura cerrada que dificultó durante años la denuncia, la verificación de acusaciones y la circulación de alertas internas.

La serie examina también la llamada cultura del encubrimiento institucional: los mecanismos formales e informales mediante los cuales organizaciones poderosas pueden retrasar o neutralizar denuncias cuando está en juego su prestigio. En ese contexto, el documental presenta el debate histórico sobre los cuestionamientos que han surgido en torno al pontificado de Juan Pablo II (Karol Wojtyła). Investigaciones periodísticas posteriores y testimonios han planteado preguntas sobre qué tan temprano llegaron ciertas denuncias a niveles altos y qué decisiones se tomaron frente a ellas. La serie no dicta sentencias judiciales: expone documentos, cronologías y voces especializadas para abrir un examen crítico sobre cómo pueden fallar los sistemas de control cuando la reputación institucional pesa más que la verificación de los hechos.

Otro eje central del documental es la crítica al clericalismo excesivo, tema reiteradamente señalado por el papa Francisco: cuando toda la vida de la Iglesia se concentra en la figura del sacerdote como autoridad incuestionable, se debilitan la corresponsabilidad, la supervisión y la transparencia. Una comunidad sana requiere controles, participación y canales seguros de denuncia. Ninguna investidura espiritual debería convertirse en blindaje frente a la rendición de cuentas.

El punto de fondo no es desacreditar la fe ni la tradición religiosa. La serie insiste —directa e indirectamente— en una distinción esencial: las convicciones espirituales no deben confundirse con la conducta de quienes las representan. La fe, la doctrina y la tradición no dependen de la perfección moral de cada ministro. Pero precisamente por su autoridad moral, los líderes religiosos están llamados a un estándar más alto de responsabilidad, verdad y justicia cuando hay faltas graves.

Algunos sectores sostienen que divulgar estos casos produce escándalo innecesario y que se trata de hechos aislados. Sin embargo, el criterio ético no funciona por estadísticas. Es como el dueño de un restaurante que presume que, tras décadas de servicio, solo una persona se ha intoxicado con su comida. La conclusión no es tranquilizadora: ni una sola persona debería resultar afectada. La excelencia real no se mide solo por la mayoría satisfecha, sino por la ausencia de daño evitable. Del mismo modo, en cualquier institución —y con mayor razón en una de carácter espiritual— un solo caso ya exige revisión, corrección y prevención efectiva.

Visibilizar los hechos no destruye a las instituciones: las obliga a depurarse. El silencio protege al abusador; la verdad protege a las comunidades. Investigar no es atacar la fe; es defender a las personas.

“Marcial Maciel: El Lobo de Dios” no es una serie para el morbo: es una obra para la memoria, la responsabilidad y la conciencia crítica. Confronta, documenta y obliga a pensar. Invita a diferenciar entre autoridad legítima y poder sin control, entre espiritualidad auténtica y fachada.

Este 18 de febrero de 2026 a las 10 de la noche, en Discovery Channel, la conversación se reabre.
No cambie de canal. No mire hacia otro lado. Véala completa y saque sus propias conclusiones. La verdad, cuando se examina con rigor, siempre ilumina.

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